martes, 3 de noviembre de 2015

EL YUGO YIHADISTA (2014)

La industria mauritana es una gran desconocida y qué mejor que visualizar “Timbuktu” para darse cuenta de la estupenda calidad que posee y el buen estado en el que se encuentra el sector. Precisamente, la cinta del director Abderrahmane Sissako, que obtuvo una nominación a Mejor Película de Habla No Inglesa en los Oscar de 2015, expone uno de los temas de mayor actualidad: el yihadismo. Actos de radicalismo que oprimen a los pueblos y que nutren el día a día de nuestros medios de comunicación. 

Basada en hechos reales, el autor nos conduce hasta la República de Mali, en el momento en el que la población tuareg quedó sometida bajo el yugo de los extremistas islámicos, que cada día instauraban leyes más estrictas para encumbrar su tiranía. Las mujeres fueron despojadas de toda clase de derechos, mientras eran prohibidas actividades como escuchar música, jugar al fútbol o simplemente reír en público. Un ejemplo más de la crueldad de quienes intentan justificar sus depravados actos con la excusa de unos ideales religiosos y políticos.

Pese a que estamos ante un guion con historias cruzadas, la narración se centra principalmente en el personaje de Kidane (Ibrahim Ahmed), su esposa Satima (Toulou Kiki) y la hija, Toya (Layla Mohamed). A ellos se une Issan (Mehdi A.G. Mohamed), un niño de 12 años al que tratan como a un miembro más de la familia. A través de los ojos de Kidane presenciamos del cambio al que debe someterse el pueblo. 

El toque documental que aporta Sissako le confiere aún más dramatismo ante una arriesgada trama que trabaja delicadamente junto a la guionista Kessen Tall. “Timbuktu” es clara, sencilla, concisa, mira de frente al público, a los juzgadores y juzgados. No encontramos intenciones ocultas ni pretensiones sensacionalistas, sino que el autor prefiere profundizar el conflicto desde dentro, desde la propia vivencia, la visión de los sufridos testigos que presencian ese choque entre los diferentes enfoques del Islam y la confrontación cultural entre la población y sus invasores.

Precisamente, el cineasta hace hincapié en el contexto que presenciamos, pero resta cierta importancia a la psicología de algunos de sus personajes. No obstante, Ahmed realiza una interpretación muy destacable frente a sus restantes compañeros. Es protagonista de unos excepcionales diálogos que intentan expresar los sentimientos incomprendidos de un hombre que vive por la protección de su familia y su sustento diario y que, por desgracia, se ve envuelto en fatales e impensables circunstancias, que le llevan a participar en una de las escenas más intensas del largometraje, en la que se pone en evidencia un fuerte contraste entre tres visiones islamistas radicalmente opuestas.

El director de fotografía Sofian El Fani explota a la perfección los escenarios que ofrece una tierra tristemente desconocida como es la ciudad de Oulata, limítrofe a Mali. La belleza de sus paisajes surge casi de forma sobrenatural bajo el asfixiante sol del desierto. Ese esplendor natural es prácticamente un elemento indispensable para expresar la magia exótica de cada plano. El compositor franco-tunecino Amine Bouhafa se hace cargo de una banda sonora rica en matices culturales. Una fusión entre diferentes etnias y sonidos sinfónicos que consiguen completar y encumbrar el retrato que Sissako nos intenta transmitir de la situación en la que se encuentra esa zona. 

“Timbuktu” es de obligado visionado, es actualidad, injusticia. Invita a la reflexión de tan peliaguda cuestión y nos conduce a comprender la situación tan opresiva a la que esta población y otras muchas deben hacer frente por culpa del yihadismo. Es imposible ponerse en la piel de sus protagonistas, sobre todo porque el autor no trabaja correctamente este aspecto, pero no por ello la narración pierde la fuerza con la que parte desde el inicio de la película. No hay mayor drama que presenciar las calamidades de un pueblo sometido a intereses, encarcelado en la bella inmensidad de su tierra. 

Lo mejor: el mensaje que se desprende de sus casi 100 minutos de metraje.

Lo peor: la falta de profundidad en la mayoría de sus personajes.



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