martes, 19 de noviembre de 2019

LA CONFIANZA EN JUEGO (1949)


La actriz británico-estadounidense Olivia de Havilland fue uno de los rostros populares de la Warner en su etapa dorada. Su extensa carrera en el mundo de la interpretación comenzó a través de la comedia romántica “Alibi Ike” (Ray Enright, 1935), en la que compartió hilarantes escenas con el comediante Joe E. Brown y con cuyo director volvería a trabajar en “Hard to Get” (1938). Desde ese momento, su trayectoria siempre fue en ascenso, engrosando su experiencia con las obras que le ofrecían cineastas tan emblemáticos como Lloyd Bacon, Sam Wood, Raoul Walsh, John Huston, William Wyler o Robert Aldrich

Sin embargo, por encima de todos ellos destaca la figura del director Michael Curtiz, que le llegó a considerar una de sus más célebres estrellas y le facilitó poder formar parte de un gran número de sus películas, como “El Capitán Blood” (1935), “La Carga de la Brigada Ligera” (1936), “Robin de los Bosques” o “Dogde, Ciudad sin Nombre” (1939), como fiel compañera del eterno héroe que siempre encarnaba el actor Errol Flynn. Una lucrativa pareja con una fuerte química en pantalla, especialmente por parte de él desde el ámbito más personal, que gracias al interés del público también les llevaría a protagonizar el western “Camino de Santa Fe” (Michael Curtiz, 1940) o uno de los clásicos más importantes, “Murieron con las Botas Puestas” (Raoul Walsh, 1941). Asimismo, Olivia de Havilland luciría esplendorosa frente a la cegadora aura de Bette Davis en el drama psicológico “Canción de Cuna para un Cadáver” (Robert Aldrich, 1964), con quien ya había coincidido en “La Vida Privada de Elisabeth y Essex” (Michael Curtiz, 1939), en la que terminó por unirse a una de las grandes parejas del Hollywood clásico. A su éxito en pantalla también se unió el reconocimiento en forma de premios. El Festival de Venecia le otorgó el galardón a mejor actriz por su papel en “Nido de Víboras” (Anatole Litvak, 1948). Pero, sin duda, “La Heredera”, del emblemático cineasta William Wyler, se convirtió en una de sus mejores interpretaciones con la que se alzó con un Oscar y un Globo de Oro. 

martes, 12 de noviembre de 2019

LA ETERNA INSATISFACCIÓN (1985)

Hay sentimientos que nos llevan a emprender un camino de dolor constante y es que, como es bien sabido, nosotros mismos somos nuestro máximo enemigo. El cine siempre ha perseguido el retrato perfecto de esta idea a través de la profundización en la psicología de los personajes, de la búsqueda del máximo realismo a través de la ficción. Hemos visto caer a muchos personajes en sus propios traumas y miedos, en una evolución laberíntica y oscura de la que es complicado salir y cuya onda expansiva ha arrasado con todo aquello que les rodeaba. Y es que el cerebro humano es uno de los grandes misterios de nuestro tiempo. 

“Plenty” es un drama psicológico que se sumó a la amplia lista de este subgénero en el año 1985. Esta coproducción británico-estadounidense, dirigida por el cineasta y guionista australiano Fred Schepisi y basada en la obra de teatro homónima realizada por el dramaturgo David Hare, parte de la Segunda Guerra Mundial, en la que la joven inglesa Susan Traherne (Meryl Streep) colabora en lo que puede con la resistencia francesa desde 1943 hasta verse dañada psicológicamente. En su traumática experiencia conoce a Lazar (Sam Neill), con el que disfruta de una noche de pasión. Sin embargo, su vida en Inglaterra se verá lastrada por el dolor del recuerdo de aquellos días. Acompañando a la posguerra europea, Susan también tendrá que reconstruirse emocionalmente, pero la insatisfacción se adueñará de cada uno de sus éxitos, manteniéndose la eterna sensación de que siempre puede hacer más, de que sus necesidades superan con creces cualquier tipo de logro. Su mundo se transforma inmediatamente en una realidad superficial que supera los límites del desprecio y, en pleno caos, el dolor que encierra en sí misma se expandirá hacia todos aquellos que la rodean.