jueves, 25 de julio de 2019

EL INFIERNO TRAS EL ESCENARIO (2018)


No es la primera vez que un documental nos muestra la cara y la cruz del estrellato, personalidades que triunfan en su campo, que son convertidos en “grandes dioses”, encumbrados en un mundo que parece permitirles no tener límites, pero que también se cobra su precio. Y cuando vemos esta realidad, siempre queda implícita una pregunta: ¿merece la pena? En esta línea trabaja el experimentado director israelí Tomer Heymann a través de la coproducción alemana-israelí “Jonathan Agassi me salvó la vida”, que ha tenido un extenso recorrido en el circuito de festivales internacionales, en donde se ha alzado con diferentes premios en Atlanta y Jerusalén. 

Pero, ¿quién es Jonathan Agassi? Estamos ante una de las estrellas del porno gay más importantes de los últimos años. Nacido en Nueva York, su familia israelí ahora reside en Tel Aviv, lo que le obliga a vivir entre constantes viajes que conectan una de las grandes ciudad de Israel con Berlín, en donde trabaja. Tras una infancia dura en la que su padre trató de “corregir” cruelmente su homosexualidad antes de abandonarle para residir en la capital alemana, Agassi ha logrado tocar la cúspide de su trayectoria profesional convirtiéndose en el mejor actor de porno gay, un galardón que le ha llevado a soñar a lo grande, a formar parte de las películas más célebres en este campo, a moderlar, a ser el más deseado, pero, sobre todo, a reinventarse a sí mismo con la consiguiente pesada carga de las expectativas de sus fans cuando contratan sus servicios como escort. Sin embargo, tras este éxito, tras los excesos, el placer y la diversión, descubrimos a una estrella con un lado oscuro que trata de minarle lentamente y a paso seguro. Su relación con su padre aún implica dolor, trauma y debilidad, lo que se traduce en el peor camino posible, su autodestrucción.

Heymann no nos ofrece ese clásico documental biográfico, ese retrato casi utópico de quienes tocan el cielo con las manos. En esta ocasión, nos ofrece un relato descarnado en el que se nos permite observar un sector siempre tabú, pero también su lado más humano. ¿Cómo son quienes no parecen humanos tras el televisor? ¿Cómo es la vida de quienes protagonizan uno de los mercados de mayor consumo en la actualidad? El cineasta nos permite entrar en el backstage de las actuaciones de Agassi, presenciar sus métodos de preparación, sus secretos para haber llegado a convertirse en el mejor, sus contactos y acompañantes, sus conversaciones más íntimas, su vestimenta y maquillaje. Y tras una vida de excesos, el actor regresa a sus orígenes en cada viaje a Tel Aviv, en donde le espera su familia, pero, sobre todo, su madre, una mujer tolerante con la que Agassi comparte algunos fragmentos de sus mejores películas, sus experiencias hasta ciertos límites. Su madre es su mayor consejera, aquella que, incluso, le asesora con los tacones o ligueros. 

En sus 106 minutos de duración, el metraje queda dividido en dos mitades muy bien diferenciadas. Por un lado, nos sumergimos en el mundo del porno gay. Somos testigos del gran éxito de Agassi sin necesidad de profundizar en la persona que se esconde tras el estrellato. No es hasta su segunda mitad cuando conocemos al verdadero ser que se esconde tras un seudónimo. Las graves experiencias a las que ha sido sometido por su padre y el daño psicológico que le paraliza con una simple llamada es traducida en dudas, inseguridades y angustia. Su pasado vuelve a llamar a su puerta y con él todo queda desequilibrado en esa vida idílica que Agassi tanto disfruta. ¿Cómo es posible que un padre sea capaz de hacer tanto daño a su hijo? ¿Cómo puede Agassi ser capaz de poner la otra mejilla cuando se trata de él? 

No es el primer caso ni será el último. Por desgracia, las heridas ocasionadas por un padre siempre se abren y se cierran durante toda una vida y, precisamente porque es alguien tan directo en su familia, parece imposible cerrar un círculo vicioso que sólo permite la fustigación. Son pocos los casos en los que el dolor remite o se invierte y, bajo esa esperanza, Agassi funciona dando palos de ciego en un ayer que ha absorbido su presente lentamente, oscureciéndolo hasta su asfixia. Y entre las luces de colores, el cuero, los tacones altos, el maquillaje negro, el encaje blanco y la música ensordecedora, el actor es dominado por sus cabos sueltos, incapaz de rendir como lo hacía antes y viéndose obligado a recurrir a otras medidas que le permiten ser el que era.

Amante del género documental, tal y como ha demostrado en muchas ocasiones desde 2001, la cámara de Heymann ha sido testigo de andanzas en la industria musical, como en “Aviv” (2003), “Out of Focus” (2007), “Black Over White” (2007), “Mr. Gaga” (2015) o en la serie televisiva “Hofa'at Bechora” (2007); de travestidos filipinos en “Bubot Niyar” (2006); de una escuela bilingüe en una pequeña aldea en “Bridge Over the Wadi” (2006); del exilio y la homosexualidad en “The Queen Has No Crown” (2011) o “Who's Gonna Love Me Now?” (2016) o, incluso, ha registrado pequeños extractos de su propia vida, como en “I Shot My Love” (2009). Sin embargo, “Jonathan Agassi me salvó la vida” es posiblemente una de las obras más impactantes en su filmografía, que permite dejar al espectador sin palabras, atónito ante los últimos instantes de una cinta que, con el transcurso del tiempo, es cada vez más cruda. Tras su visionado, no podemos ni siquiera mencionar la palabra “clímax” para relatar los minutos finales más destructivos y atemorizantes, en los que hemos contenido el aliento esperando una simple respuesta de esperanza, una pequeña señal por la que verdaderamente podamos creer que Jonathan Agassi sí salvó la vida de tan emotivo protagonista.

Lo mejor: el in crescendo narrativo al que nos somete Heymann mientras nos entierra en la oscuridad. Perder las palabras tras su visionado.

Lo peor: la horrible sensación de necesitar saber más, de no poder conformarnos con el retrato que nos ofrece el cineasta.


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