lunes, 18 de abril de 2016

LOS LÍMITES DE LA DESTRUCCIÓN (2004)



Asia Argento dejó atrás el sobrenombre de “hija de” hace mucho tiempo y es que resulta realmente difícil desprenderte de ello cuando tu madre es una gran actriz y tu padre es un reputado director consagrado en el género del terror y el slasher. Pese a entrar en el mundo de la interpretación con tan sólo 10 años, las inquietudes por experimentar tras las cámaras no se hicieron esperar. “DeGenerazione” (1994) le dio la oportunidad de crear una pequeña pieza, “Prospettive”, junto a otros jóvenes actores que se iniciaban en la realización. Tras su ópera prima, “Scarlet Diva” (2000), y varios cortometrajes que pasaron a engrosar su trayectoria, la polifacética artista se lanzó sin miramientos, junto al también actor Alessandro Magania, a la adaptación de la novela de un tal J.T. Leroy, que narraba sus trágicas y desgarradoras vivencias durante su infancia. Un guion realmente suculento que, a pesar de ser tan perverso, tenía la categoría de basarse en hechos reales.

Así es como surgió “El Corazón Es Mentiroso”, una obra que bebía directamente del cine independiente norteamericano, con trabajos como “Mi Idaho Privado” (Gus Van Sant, 2001) como bandera. Sin embargo, Argento se vio en la tesitura de descubrir, dos años después, que su escritor no era más que un fraude. Tras el seudónimo de J.T. Leroy se encontraba Laura Albert, quien acabó sentándose en el banquillo tras engañar, durante casi una década, a todo el universo artístico y literario estadounidense. Independientemente de ello y de que sea una truculenta historia como pocas, el segundo largometraje de la italiana nos lleva a Jeremiah (Jimmy Bennett), un niño de 7 años que, tras vivir cierta estabilidad con sus abuelos (Ornella Muti y Peter Fonda), debe abandonarles para comenzar una nueva etapa junto a su madre biológica, Sarah (Asia Argento), que ha conseguido la custodia. El alcohol, las drogas y la prostitución llevarán al pequeño por un camino lleno de maltratos, abusos de todo tipo e inestabilidad.

Casi 100 minutos de un grotesco y macabro relato en los que se abusa del exceso y el extremismo, empujando al espectador a buscar cierto halo morboso. La constante búsqueda de la innovación y originalidad por encima de una narrativa de calidad hace que su dinámico ritmo sufra recaídas importantes, convirtiéndose inevitablemente en una especie de montaña rusa un tanto descuidada que impide, en todo momento, que nos involucremos más allá de la historia. Argento presta una mayor atención a lo que sucede, a los hechos tan bizarros que sufre un niño a causa de un extraño amor maternal que nace de un sentimiento entre el amor y el odio. Algunos flashbacks nos despiertan de la pesadilla para presentarnos los orígenes de esas emociones casi antinaturales, aunque, en realidad, sólo logran generar dispersión en la linealidad de la trama. No obstante, y pese a este tipo de fallos que parecen más descuidos de novato, la cinta consigue incomodarnos con escenas que extraen el dolor de Jeremiah, la oscuridad del perverso mundo que le rodea y que desea erradicar toda su inocencia.

Seres irracionales, espirituales o marginales, todos intentan dañar por egoísmo, forzando al pequeño a realizar todo tipo de escandalosas situaciones y convirtiendo su vida en la misma decadencia rutinaria de su madre y la variedad de novios que se aprovechan de ambos. Los desgarradores diálogos tratan de mostrar la burda psicología de personajes a la deriva, llevados al límite de su existencia. Exteriorizan sus propios demonios a través del joven protagonista como si fueran espejismos de un mundo apocalíptico que ha llevado al ser humano a la más absoluta locura, como si Argento hubiera perdido la noción de realidad. Así es, la directora nos invita a participar en un juego realmente provocativo con toques de lirismo en escenas que ponen el bello de punta, huyendo de efectismos sentimentalistas para retratar vidas errantes y perdiendo, desde el primer minuto, la elegancia que hubiera catapultado a “El Corazón Es Mentiroso” como una obra indispensable. Asimismo, entre tanta intensidad también reside una dura crítica al sistema judicial de Estados Unidos, encrudeciendo la esencia que se despliega de una película de la que sólo cabe decir que es despiadada.

La relación entre madre e hijo se muestra con dependencia, como una necesidad. Totalmente destructiva, parece fustigar la existencia de Jeremiah, que no encuentra calma ni siquiera cuando vive con sus abuelos, quienes han tratado de introducirle en el fanatismo religioso más absoluto. Y a pesar de todo, resiste la inocencia, como si por más que el mundo se lo proponga, la esperanza y la humanidad parecieran indestructibles en su totalidad. El joven Bennett resulta admirable en el que posiblemente sea uno de los papeles más complicados de su, hasta entonces, no tan escueta carrera para su corta edad. A él se unen los gemelos Dylan y Conan Sprouse para interpretar a un Jeremiah más crecido. Conocidos principalmente por su vinculación con la Factoría Disney, los actores mantienen una imperceptible línea entre su trabajo y el de su compañero Bennett, logrando que el personaje no sufra altibajos con su crecimiento y evolución psicológica.

Por su parte, Argento, con el cabello oxigenado, se adueña de un personaje destructivo e incomprendido, que poco a poco se rinde a la exageración en detrimento de la verosimilitud. Prostituta, toxicómana, repulsiva y maquiavélica maltratadora, con constantes cambios de humor, sin un ápice de instinto maternal, con una infancia principalmente marcada por una estricta enseñanza católica y con la necesidad de encontrar una pareja que le proporcione o participe de sus vicios y costumbres. Así es como los secundarios pasean por la historia, sin importancia alguna, sin profundidad y sin conocimiento. Michael Pitt, Winona Ryder o el irreverente Marilyn Manson surgen como apariciones especiales que logran captar nuestra atención, pero que no van más allá de lo meramente anecdótico, a pesar de la atracción que supone tener al controvertido cantante en un proyecto como éste.

Principalmente grabada en 8mm, “El Corazón Es Mentiroso” posee una atmósfera inigualable que facilita la inmersión en su historia. Junto al director de fotografía Eric Alan Edwards, se ha tratado de potenciar un ambiente desolador, sobrecargado, que posee diferentes texturas y juegos de luces y que recuerda en gran medida al don natural que posee su padre, Dario Argento. La cinta, rodada en Tennessee, pese a tener la constante sensación de movilidad al ser, en parte, una road movie, posee una fantástica banda sonora que encaja a la perfección y que está compuesta por temas como “Karen Koltrane” y “Beautiful Plateau”, de los neoyorquinos Sonic Youth, “Muskrat”, de Pagoda, la banda que lidera Pitt; y alguna intervención de Billy Corgan, cantante de los míticos Smashing Pumpkins, y el italiano Marco Castoldi, de los Bluvertigo. Sus aportaciones acompañan a una historia inquietante y pertubadora como pocas, de la que es imposible permanecer indiferente. Debilidades, vicios, maltratos y la presencia del lado más inmundo que los seres humanos poseen.

Lo mejor: el trabajo técnico con aires de cine indie. La interpretación realizada por Bennett y los hermanos Sprouse.

Lo peor: la poca importancia de personajes secundarios que hubieran otorgado una mayor profundidad. La extrema exageración.


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