El
alma sigue siendo uno de los grandes misterios que el ser humano intenta desenmarañar.
Una pieza de nuestro engranaje que no sabemos si se puede manejar o llegar a
transformar en algo material, si es tan imprescindible como se dice que es y,
lo que es más importante, si existe realmente o tan sólo son fábulas religiosas
que justifican un aspecto que va más allá de nuestra comprensión. El séptimo
arte ha coqueteado con este tipo de cuestiones, consiguiendo que más de una
cinta se elevara al nivel de culto. Nuestro limitado conocimiento en este campo
hace que sea todo un manjar para la ciencia ficción y que, sea cual sea el
argumento, se parta de una premisa que siempre resulta más que interesante.
La
directora y guionista francesa Sophie Barthes se involucra en esta temática con
su debut, “Cold Souls”, película independiente en la que figura el actor
y comediante estadounidense Paul Giamatti interpretándose a sí mismo, un actor
de teatro en plena crisis personal, puesto que no funciona bien en la cama y se
siente mentalmente bloqueado e incapaz de interpretar su próxima obra, “Tío
Vania”, del dramaturgo ruso Anton Chéjov. Sufre estrés, ansiedad, inseguridad
y una total insatisfacción por la vida que lleva. Un día, recibe la llamada que
le lleva a visitar una extraña empresa en la que podría encontrar la solución a
sus problemas a partir de un revolucionario proceso. El Doctor Flintstein (David Strathairn)
le ofrece la posibilidad de extraer su alma momentáneamente, depositarla e
insertarle una nueva con sus propios recuerdos y experiencias. Giamatti
no se siente confiado, pero acaba accediendo con la esperanza de un amanecer
distinto. Sin embargo, después de probarla, no está del todo satisfecho y acude
a recuperar la suya, pero para entonces ya es tarde, su alma está en Rusia.
