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domingo, 31 de julio de 2022

SANAR UN CORAZÓN ROTO (2017)

Tras aquellos días en los que el popular actor estadounidense Jim Carrey nos hacía reír y desconectar de la rutina, las responsabilidades y problemas diarios, existe otra cara que el propio artista reveló al declarar haber sufrido depresión. De repente, aquella etapa tan alocada que nos marcó a muchos parecía quedar demasiado lejana. Ese Carrey imparable se difuminaba por las emociones y nos hacía recorrer su filmografía en apenas unos segundos, como cuando lanzó un combo mortal en la taquilla en 1994 con “Ace Ventura, un detective diferente” (Tom shadyac), “La máscara” (Chuck Russell) y la comedia de culto “Dos tontos muy tontos” (Peter y Bobby Farrelly). También cuando se ganó a pulso explorar el lado más oscuro de personajes de mayor complejidad, como el villano Enigma en “Batman Forever” (Joel Schumacher, 1995) o ese obsesivo tipo del cable en “Un loco a domicilio” (Ben Stiller, 1996); o cuando nos dejó memorables películas en su etapa más cercana al drama, como “El show de Truman” (Peter Weir, 1998), “Man on the Moon” (Milos Forman, 1999) u “¡Olvídate de mí!” (Michel Gondry, 2004). Posiblemente “El Grinch” (Ron Howard, 2000) nunca hubiera sido igual si Jim Carrey no lo hubiera encarnado. Sus más de cincuenta premios y un centenar de nominaciones a sus espaldas avalan su sobradamente reconocido trabajo, que, sin duda, ya forma parte de la historia del séptimo arte y de la memoria de una audiencia global que supo depositar su confianza en él hasta convertirse en la marca del éxito.

martes, 31 de mayo de 2022

LA LIBERTAD Y FLUIDEZ DEL TRAZO (1969)

La Filmoteca Española guarda entre sus muros importantes colecciones cinematográficas y obras de incalculable valor como es el caso de “Homenaje a Tarzán: La cazadora inconsciente”, el primer cortometraje del extraordinario artista y pintor vasco Rafael Ruiz Balerdi, que fue proyectado por primera vez en el XI Certamen Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao en noviembre de 1969. Una cita que le premió con el Txisu de Plata, el galardón a la mejor película internacional experimental. Este trabajo no narrativo de apenas cuatro minutos y medio de duración posee un valor añado al haberse tratado de forma artesanal por la mano de este emblemático pintor de estilo abstracto que es recordado, además, por ser cofundador del grupo Gaur. Tras obtener reconocimiento gracias a premios locales que le facilitaron una pasarela internacional a encuentros jóvenes como la XXIX Bienal de Venecia y a continuos viajes que le llevaron a profundizar en su plano artístico, Ruiz Balerdi se propuso investigar las cualidades del séptimo arte con esta pieza rodada en 16 mm. Su imagen, extraída de una película clásica de Tarzán, conforma un collage atípico, puesto que su especial valor reside en el dibujo llevado a cabo por el artista y trazado, muy pacientemente, fotograma a fotograma.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

LAS LUCES DE UNA ARTISTA OLVIDADA (1966)

La historia del séptimo arte ha resucitado no hace mucho a importantes mujeres artistas que colaboraron con una valiosa aportación cinematográfica durante el siglo XX. Precisamente, una de ellas es la directora estadounidense Marie Menken, a quien se le debía un importante reconocimiento desde hace mucho tiempo por su estilo único a la hora de experimentar con la tecnología. Su obra, perteneciente a las vanguardias modernas norteamericanas de mediados de siglo, fue ensombrecida curiosamente ante la popularidad de sus amistades, como el artista pop Andy Warhol, el pintor Stan Brakhage o los cineastas Jonas Mekas y Kenneth Anger, entre otros muchos, con quienes fundó el Grupo Gryphon para producir y visibilizar las piezas artísticas de sus miembros. Es, por ello, que Menken fue muy valorada en círculos influyentes de la sociedad, siempre con su Bolex de 16mm. a cuestas.

Su rostro puede ser, para algunos, desconocido, a pesar de haber aparecido en piezas de Warhol, como “The Life of Juanita Castro” (1965) o la emblemática “Chelsea Girls” (1966), pero, más allá de esta imagen, lo cierto es que su aportación es original y única como pocas. El cine la conquistó durante su carrera pictórica, descubriendo la posibilidad de otorgar movimiento a sus creaciones. Fascinada por el medio cinematográfico como herramienta artística, comenzó su andadura con el cortometraje “Visual Variations on Noguchi” (1945), que, como se intuye por su título, retrató parte del trabajo del escultor japonés Isamu Noguchi. No tardó en recoger nuevamente este arte de la mano del compositor nipón Teiji Ito, protagonista de una pieza musical que incluyó en su metraje de animación “Dwightiana” (1959) y posteriormente de “Moonplay” (1962). También llegaron las flores en “Glipmse of the Garden” (1957), los espermatozoides en “Hurry! Hurry!” (1957), con el que mostró su lado más humorístico; los monjes ascetas de Granada en “The Gravediggers from Guadix” (1960), la geometría basada en la pintura Broadway Boogie-Woogie, de Piet Mondrian, en “Mood Mondrian” (1961) o los experimentos con la iluminación en “Eye Music in Red Major” (1961). Con “Drips in Strips” (1961) profundizó en su lado más personal, mientras que “Arabesque for Kenneth Anger” (1961) dedicaba los recuerdos de su viaje a la Alhambra de Granada a uno de sus mejores amigos. De hecho, sus relaciones quedaron plasmadas en muchas de sus cintas, como “Lita’s Party” (1964), “Visions of Warhol” (1964) y simplemente “Andy Warhol” (1965).

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA HUELLA PRIMITIVA DEL ARTE ABSTRACTO (1926)

El artista y director alemán Hans Richter es recordado por la historia del arte como un auténtico artesano del cine, con el que experimentó profundamente diferentes técnicas para dejar un magnífico legado, que le convirtió en uno de los artistas de las vanguardias clásicas más importantes. Su pieza “Fantasmas antes del desayuno” (“Vormittagsspuk”, 1928) es un perfecto estudio de las primitivas tendencias cinematográficas en plena década de los 20, pero, además, su valor histórico nos recuerda cómo tuvo que sortear obstáculos como la Segunda Guerra Mundial, cuando el nazismo destruyó su versión sonora, que originalmente había sido creada por el influyente compositor alemán Paul Hindemith. Más allá de esta obra, la colección conservada experimenta, en su mayoría, con el dadaísmo, especialmente durante su etapa europea, con composiciones que, visualizadas cronológicamente a partir de su trilogía abstracta “Rhythmus 21” (1921), “Rhythmus 23” (1923) y “Rhythmus 25” (1925); nos revelan la evolución en los intereses del cineasta.

Su concepción del cine le llevó a pensar en él como un complemento de la pintura, una extensión de sus creaciones artísticas a las que aportar, sobre todo, movimiento como una forma de expresión natural propia del arte moderno. Esta idea es más que evidente en su pieza “Filmstudie”, una obra que, como su propio título indica, sirvió como un experimento para que Richter siguiera profundizando en las posibilidades que le ofrecía, por entonces, este nuevo arte. A su vez, este metraje es recordado por la historia como uno de los primeros intentos que sirvieron para combinar el dadaísmo y la abstracción, aunque él mismo solía hacer hincapié en que él trabajaba más con el surrealismo. Por ello, se observa, durante casi cuatro minutos y aproximadamente 45 planos, un hipnótico collage con imágenes de rostros y globos oculares, combinados con figuras geométricas encadenadas y otros objetos borrosos que sirven a modo de transición. Las superposiciones, las rupturas estilísticas, las exposiciones múltiples, las tomas extremadamente cortas de entre dos y seis segundos y los diversos grados de opacidad fruto del montaje de la cinta confluyen en rectángulos y líneas en un blanco y negro impoluto. A veces, como si fuera un tejido, otras como si se tratara de un puzle, las piezas construyen y deconstruyen formas irregulares, tan solo interrumpidas por fotogramas obtenidos de la propia realidad, como un hombre con un martillo o unos pájaros en el muelle, que, a través de esta primitiva visión, parecen conformar su propio collage con el uso del negativo.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

LA GRAVEDAD EN EL ARTE (1961)

La artista estadounidense Marie Menken sigue siendo objeto de investigación en la actualidad. Ignorada por la historia del cine no narrativo hasta hace pocas décadas, la cineasta dejó un valioso legado dentro de la experimentalidad tanto del séptimo arte como de las bellas artes. Deseosa de transmitir la idea de que la pintura no tiene por qué ser estática, su filmografía rindió las cuentas necesarias entre ambas artes. Con el tiempo, se han comenzado a valorar los escritos dejados por los vanguardistas modernos en los que Marie Menken era considerada una de las artistas más importantes de esta etapa. En cambio, los libros acabarían tristemente otorgándole el único papel trivial de toda su trayectoria, la protagonista de “Chelsea Girls” (1966), la obra de Andy Warhol en la que el talento superó a la popularidad. Considerada mentora y musa de contemporáneos como Kenneth Anger, Stan Brakhage o Jonas Mekas, entre otros; la directora comenzó su andadura cinematográfica en 1945, año en el que vio la luz el cortometraje “Variations on Noguchi” (1945), en donde puso en funcionamiento su famosa cámara Bolex que tanto utilizaría durante su carrera para ponerla al servicio de la creatividad y el arte.

Este diálogo entre el cine y la pintura fue aún más evidente en la pieza “Drips in Strips”, un metraje abstracto, contemplativo y, en definitiva, de puro movimiento. Sin duda, no podría ser más revelador. Menken ya contaba con gran experiencia en el “action painting” y como tal, quedó reflejado en esta obra, un único metraje pintado a mano en el que la pintura se transforma frente a nuestra mirada en forma de salpicadura, efectuando sus movimientos en base a la gravedad. A través de él, podemos observar los patrones que se construyen en su resbaladiza caída, combinados con los juegos de colores, tal y como describiría ella misma. Rodado en 16 mm., no cuenta con sonido, aunque tampoco sea necesario. En apenas 2 minutos escasos de duración, la pintura juega consigo misma, borrando el rastro de su propio ser anteriormente configurado de la misma manera.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

LA ESENCIA FUGAZ DE LA AVENTURA ÓPTICA (1963)

Podría decirse que Stan Brakhage es todo un artesano cinematográfico, un explorador de la propia esencia, de la máquina en sí misma, un cuidadoso artista que la historia del cine nos ha presentado como uno de los directores de cine experimental más importantes del mundo. Su trayectoria, unida de por vida a las vanguardias modernas que surgieron a mediados del siglo XX en Nueva York y California, nos revela que estamos ante un autor sin igual, capaz de trabajar con el propio material no como medio, sino como un lenguaje en sí mismo. Brakhage, en definitiva, es fruto de su contexto, al formar parte de ese grupo tan influyente encabezado por el popular Andy Warhol y seguido por el controvertido Kenneth Anger o los inolvidables Maya Deren, Shirley Clarke, Storm de Hirsch, Chris Marker o Marie Menken, entre otros.

Precisamente, el artista nos ha dejado como legado una ingente cantidad de metrajes no narrativos compuestos por una amplia diversidad de formatos y estructuras, pero siempre centrados en su labor artesanal tan característica. Ya sea la pintura como el propio celuloide, el material se convierte en un fenómeno visual indescriptible, capaz de sumergirnos en experiencias muy diferentes, transformadoras, cambiantes, fluctuantes, determinadas, en muchas ocasiones, por los principales intereses y por la curiosa y críptica sensibilidad del autor. En todos ellos, podemos participar de esa reflexividad que se desprende de sus piezas, centradas en cuestiones existenciales, como la propia vida y mortalidad del ser humano, su fugacidad y hasta su sexualidad. Distanciándose de estas tendencias, del uso de la pintura en las diversas colecciones que posee o las rasgaduras que ejecuta en el material, podemos encontrar “Mothlight”, un metraje encontrado propio del expresionismo abstracto en el que Brakhage insertó pequeños fragmentos de hojas secas, pétalos de flores, hierba y alas de polillas, colocados entre dos tiras de celuloide, para proyectar una imagen realmente impactante y única.

lunes, 17 de agosto de 2020

TRAS EL ANONIMATO (2020)


Banksy es una de las figuras artísticas más influyentes del mundo en la actualidad. Tan solo él mueve por sí solo cantidades ingentes de dinero y personas porque, allá en donde hay una obra suya, siempre hay espacio para la admiración, el reto, la comprensión, la reflexión y las nuevas tecnologías, pero también para la ambición y las ansias de riqueza a costa de los demás. Así es, Banksy supone muchas más cosas de las que no solemos percatarnos a simple vista. Tal vez, con esa idea surgiera el documental de los directores y guionistas franceses Seamus Haley, Laurent Richard y Aurélia Rouvier. “Banksy Most Wanted” supone su primer trabajo cinematográfico, aunque Haley ya participara en la serie documental para televisión “Le monde en fase” (2017) con el capítulo “Les enfants de Daech”. Los tres lanzaron su debut cinematográfico nada menos que a través del Festival de Cine de Tribeca, siendo conscientes de la curiosidad que despierta tan enigmática celebridad. 

Efectivamente, “Banksy Most Wanted” posee una visión bastante acertada y provocativa. Aprovechando la gran expectación que genera el artista británico, esta producción estadounidense deambula, en un principio, por las calles de la ciudad de Bristol, lugar en el que ha crecido Banksy. La urbe se ha convertido en una galería de arte urbano para el que, incluso, se realizan visitas guiadas. Autor de imágenes que han recorrido el mundo, que han generado expectación o que han sorprendido inesperadamente a la industria, también se ha atrevido con metrajes cinematográficos que han obtenido una gran acogida, como las piezas documentales “Welcome to Gaza” (2015), “The Antics Roadshow” (2011), una cinta para televisión en la que colaboraría Jaimie D'Cruz; o “Exit Through the Gift Shop” (2010), que recibió una nominación en los Oscars. Su huella permanece en nuestra retina de una u otra manera y él sabe perfectamente cómo provocarlo. 

jueves, 6 de agosto de 2020

EL CAMINO DE LA SUPERACIÓN (2020)


En la historia han quedado inscritas relaciones de amistad un tanto extrañas, a veces, incluso, inverosímiles, como es, en este caso, la de una pintora y un ladrón de cuadros. Resulta imposible pensar en la posibilidad de que surja una conexión cuando el segundo afecta económica y emocionalmente a la primera. En nuestra mente, esto es inviable y, de no ser así, lo más seguro es que fracase tarde o temprano. Pero la amistad, ante todo, no es racional, sino que se deja llevar por impulsos o por el instinto que, en esta ocasión, demuestra la pintora hiperrealista checa Barbora Kysilkova. Su curiosa experiencia queda retratada en el documental “La Pintora y el Ladrón”, el segundo trabajo del director, guionista y productor noruego Benjamin Ree tras el éxito cosechado con “Magnus” (2016), su reconocida ópera prima que le catapultó directamente al circuito de festivales internacionales de cine. 

Sin embargo, su logro más destacado llegó con su triunfo en Sundance con el premio especial del jurado gracias a Kysilkova y su querido y enigmático amigo. Pero, ¿cómo surge esta relación? La premisa no puede ser más atractiva, por lo que desde los primeros minutos del metraje esperamos con ansias que se produzca el encuentro entre los dos. Barbora posee un don maravilloso, pero es difícil llegar a final de mes manteniendo un atelier para alojar sus creaciones y disfrutar de un espacio para ella sola. Tampoco es sencillo encontrar una sala para exhibir sus últimas obras, pero, por suerte, consigue alojar algunas de ellas en una galería de arte en Oslo. Al día siguiente, aparece en las noticias el extraño robo de dos de sus cuadros, siendo uno de ellos de un valor muy significativo para Barbora. Gracias a las grabaciones de las cámaras de seguridad, no tardan en coger a uno de los dos ladrones, Karl-Bertil Nordland, con quien tendrá que verse en el juicio. Justo antes de que empiece la audiencia, la artista siente la necesidad de acercarse a él para conocerle y, sobre todo, para conocer el por qué había robado precisamente esos dos cuadros.

martes, 19 de marzo de 2019

EN EL LABERINTO DE LA CREATIVIDAD (2016)


Hay ciertos directores que han pasado a la historia del cine por su innegable toque de originalidad en unas filmografías que son, cuanto menos, indispensables. Precisamente, uno de ellos es el afamado cineasta estadounidense David Lynch. Hombre enigmático por culpa de una mente inquieta a nivel artístico, es considerado como uno de los grandes maestros de la cámara que ha aglutinado un sinfín de fervientes seguidores. Está claro que o sabes apreciar su trayectoria o detestas su mirada tan personal, pero lo cierto es que nunca pasa indiferente entre los espectadores, especialmente por sus intrincadas narrativas, que a más de uno le sumerge en la máxima incomprensión ante la exigencia de un alto nivel de atención. Sin embargo, el autor no sólo experimenta en el mundo cinematográfico, sino que este loco genio guarda para sí mismo otras facetas desconocidas, aunque, a estas alturas, no resulten tan sorprendentes viniendo de él, puesto que sus primeros cortometrajes ya desvelaban una mente inquieta con ansias de explorar el mundo artístico en todas sus vertientes.

Los directores Jon Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neergaard-Holm debutaban tras las cámaras con un documental que trata de esclarecer la identidad más íntima del cineasta, dejando a un lado su perfil de celebridad. Con dos nominaciones en los festivales de Londres y Venecia, “David Lynch: The Art Life” es una obra que rinde homenaje también a sus seguidores y a los espectadores más cinéfilos. Un acercamiento de apenas 90 minutos que supone un viaje a las profundidades en compañía del mismísimo Lynch. Esta coproducción británica-danesa indaga con cuidado en el interior del alma, observa el pincel en movimiento para desvelar, con el tiempo, una más de sus curiosas creaciones, pero evita en todo momento deconstruir por ansias de curiosidad. La cinta enlaza con gran elegancia los diferentes episodios en la vida de Lynch, formando un retrato de su verdadera identidad. 

martes, 29 de enero de 2019

EL HIPNOTISMO DE LOS DETALLES (1961)

En los últimos tiempos, se está tratando de otorgar su lugar a la mujer dentro de la historia del cine. Todavía quedan muchos nombres por descubrir y reivindicar y, para tal labor, los académicos continúan dando valor a aquellas cineastas que también aportaron su propio granito de arena en este ámbito. Por supuesto, aún hay un gran trabajo por delante y, por tanto, qué mejor momento que dedicar un pequeño espacio a la directora neoyorquina Marie Menken. Centrada en el mundo artístico y experimental, la autora se encontraba en el mismo epicentro de las vanguardias modernistas estadounidenses. El tiempo quiso que artistas de su más cercano círculo se convirtieran en los grandes protagonistas de esta etapa histórica del séptimo arte, olvidando a otros tantos que también ejercieron su labor en una época en la que el clasicismo cinematográfico llegaba a su fin. Sin ir más lejos, fueron los casos de Kenneth Anger, el gran precursor del mundo del videoclip; o Maya Deren, quien, como ya es bien sabido, terminó influyendo en la trayectoria profesional de importantes directores más actuales, como David Lynch.

La inquietud por experimentar nuevas formas de arte y, sobre todo, por otorgar movimiento a su estilo, llevó a Menken a aparcar el pincel momentáneamente para cargar con una cámara Bolex de mano de 16 mm y con manivela con la que acabaría rodando su primera aclamada obra, “Visual Variations on Noguchi” (1945). Para entonces, sólo había colaborado en la fotografía y el rodaje de “Geography of the Body” (1943), uno de los cortometrajes de su marido, el también director y poeta Willard Maas. Menken se vio rápidamente rodeada por la socialité más bohemia, aquel popular círculo de Andy Warhol que terminaría impulsando sus ansias por innovar en el mundo del vídeo arte.

lunes, 12 de septiembre de 2016

EL ARTE DE LA DESTRUCCIÓN (1998)



Es curioso ver cómo, en ocasiones, la realidad puede llegar a superar con creces a la ficción y, posiblemente, el género biográfico sea uno de los testigos más directos de este tipo de hechos, junto, por supuesto, al documental. Los vicios y adicciones, los amores imposibles y las infidelidades, los dones casi sobrenaturales, las atormentadas mentes, los miedos y obsesiones, en definitiva, suponen un descubrimiento que muchas veces nos lleva a replantearnos si una vida así ha tenido lugar en este mundo o tan sólo es uno más de los adornos ficcionales que el cine puede llegar a aportar. La sensibilidad y el dramatismo de algunos personajes nos pueden dejar sin aliento, mientras vemos pasar delante de nuestros ojos un tiempo de controversia por la que alguien no quiso o no pudo pasar desapercibido.

Al respeto, resulta francamente inteligente e inquietante la aportación del director y guionista británico John Maybury, que, a través de “El Amor es el Demonio”, uno de sus primeros largometrajes, profundizó en el corazón y la mente del famoso y polémico pintor irlandés Francis Bacon, uno de los más enigmáticos artistas que nos ha dado el siglo XX. Entender y analizar un genio de tal envergadura es complicado cuando las opiniones son tan dispares y es que, mientras que muchos seguidores se deleitan con el amargo sabor de sus lienzos, otros tantos le consideran un auténtico fraude y una perversa locura. Sea como fuere, Bacon no permite dejar a nadie indiferente y esa esencia es la que se aloja en el relato de Maybury, una narración que simplemente se centra en un fragmento de vida, tratando de desenmarañar el curioso mundo del tormento y el dolor.

La cinta, realizada para ser emitida en la cadena de televisión británica BBC en 1998 y premiada en diversos festivales de talla internacional, se sitúa en París, en 1971, en plena época dorada de su trayectoria. Pese a contar con la popularidad y el reconocimiento de su trabajo, su intimidad se torna cada vez más caótica e insufrible. La llegada de su amante, el escritor Georg Dyer (Daniel Craig), a su vida, torna los días en un apocalipsis de autodestrucción entre pastillas y alcohol, un cóctel nocivo que nutre a tan tortuosa relación de pareja. Dyer, que tan sólo pretendía acostarse con Bacon (Derek Jacobi) y robar en su estudio, prolongará su desdicha durante más de 7 años como si viniera dictado por un caprichoso destino. Un cruel laberinto sin salida que, a su vez, irá retratando a la perfección el interior del pintor, sus calamidades y su eterna soledad e incomprensión.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

LAS CENIZAS DE LA FAMA (2006)



Independientemente de la imagen que el tiempo ha dejado de Andy Warhol, resulta más que innegable su faceta de artista, a quien se le atribuye todo el mérito del nacimiento de la corriente Pop Art de la década de los 60. Su aportación a la historia también viene empañada por el círculo que él mismo creó alrededor de su figura. Venerado por la popularidad que adquirió gracias a su gran carisma, pronto surgiría una especie de club social que él mismo manejaba y es que sólo los bohemios que buscaban un hueco en el mundo de la fama, podían encerrarse en el codiciado Factory, el estudio en el que Warhol daba rienda suelta a su creatividad. Allí dentro, desbordados por el consumo de drogas y por la magia que la controvertida estrella desprendía, se dejaban manipular por el artista para las creaciones de sus obras plásticas o para los coqueteos que tuvo con el séptimo arte a cambio de poder ser parte de la multitud de fiestas y actos sociales exclusivos a los que él decidía acudir junto a este grupo de elegidos. Para él, todos merecían unos minutos de notoriedad, pero, una vez que los exprimía, ya de nada le servían y pasaba a desecharlos. La caída sonaba estrepitosa y un ejemplo de ello fue el de la muñeca rota Edie Sedgwick, musa que pasó de ser idolatrada a ignorada, de celebridad a mito en cuestión de escaso tiempo. La amistad entre ambos se esfumó de la misma forma en que surgió, de forma rápida e interesada.

Precisamente, su retrato queda plasmado a través de la penúltima película de ficción del desaparecido director estadounidense George Hickenlooper, “Factory Girl”. El biopic de Sedgwick viene protagonizado por la actriz Sienna Miller, que da vida a una mujer criada en el seno de una familia rica que decide abandonar su casa para evitar confrontaciones con un autoritario padre y dejar atrás un desafortunado pasado. Su traslado a Nueva York hace acrecentar su esperanza por vivir en la cúpula más bohemia de la ciudad, esperando que, al menos, cambie su destino y se convierta en una más de esa élite. Así es cómo conoce a Warhol (Guy Pearce), con quien entablará una amistad fuertemente hermanada en apariencia, al igual que se relacionará con artistas del momento, como The Velvet Underground o Bob Dylan (Hayden Christensen), y entrará en un círculo vicioso de sustancias ilegales, derroche, sexo y abusos sin retorno.