martes, 9 de octubre de 2018

UN HOMENAJE AL CELULOIDE (1985)


Pocas veces es tan divertido que una proyección deje de funcionar correctamente como sucede en “Una Película Estropeada” (“Onboro Filmu” / “Broken Down Film”). El director y guionista japonés Osamu Tezuka era considerado el “Dios del Manga” y precisamente esta pieza es una más de sus tantas obras que demuestran el precoz talento que poseía para la animación. En esta ocasión, el autor realiza un claro homenaje a las primeras etapas del séptimo arte. Un cortometraje mudo, en blanco y negro (salvo unos pocos segundos de ensoñación, en donde regresa el color), con granulado y suciedad que, además, se centra por completo en el género del western desde un punto de vista paródico y paradójico cuanto menos, puesto que no deja de ser un escenario occidental bajo la mano de un oriental, creando así una fusión de influencias recíprocas.

Esta coproducción japonesa y canadiense fue presentada en la primera edición del Festival Internacional de Hiroshima de 1985, alzándose con el gran premio, y no es para menos. La simpatía que despierta no es interrumpida por ese matiz experimental que posee. Al contrario, son los extraños cortes, los reencuadres, interrumpciones y efectos creados por la proyección del rollo los que aportan la diversión ante la loable pretensión de un vaquero por rescatar a la típica damisela en apuros, que se encuentra atada a las vías del tren. Nuestro héroe descubre que, a parte de tener que salvarla, también debe plantar cara al bandido y sortear los obstáculos que crea la dichosa película estropeada con todos los curiosos recursos que tiene a mano.

martes, 25 de septiembre de 2018

EL TRUCAJE COMO MEDIO (1901)

El director, productor, actor y guionista francés Ferdinand Zecca logró convertirse en uno de los protagonistas de la etapa pre-clásica del séptimo arte. Su visión del trucaje, que por aquellos entonces no sólo se había puesto de moda en el cine, sino que también había logrado desbancar los aires documentales de los hermanos Lumière, se distanciaba totalmente de lo que predominaba en la época. Mientras que nombres populares como Georges Mèliés apostaban por potenciar sus dotes de ilusionismo a través del cinematógrafo, Zecca dedicaba sus esfuerzos a contar historias en las que aquella extraña magia que podía provocar la desaparición de la gente en pantalla se ponía al servicio de la narrativa. 

Además de ello, el cineasta formaba parte del imperio creado por Charles Pathé en colaboración con sus hermanos, la Pathé Frères, dedicada exclusivamente al cine y los discos fonográficos y que el propio fundador levantó desde cero. La obra “El Melómano Mudo” (1899) le valió muy merecidamente formar parte de la empresa, llegando a ser, incluso, su principal cineasta a principios del siglo XX. Sin embargo, “Historia de un Crimen” es, precisamente, el claro ejemplo de su pensamiento. Una pieza de 110 metros y seis cuadros que fue un rotundo éxito y que el propio Pathé acabaría otorgándole la cualidad de ser el primer drama de la historia del cine, mientras que, con el paso de los años, se especificó que, en realidad, era la primera obra del género policíaco. 

martes, 18 de septiembre de 2018

LA FRIVOLIDAD ARISTOCRÁTICA (1936)


Dos son las películas que terminaron de encumbrar la carrera de un animador que decidió experimentar con la dirección de cine desde la primera década del siglo XX, pero que, en cambio, no recibió el merecido reconocimiento por sus compañeros de profesión. El mítico cineasta Gregory La Cava grabó su nombre en la historia del séptimo arte gracias a las nominaciones a los Óscar que obtuvieron sus obras “Al Servicio de las Damas” (1936) y “Damas del Teatro” (1937), permitiendo, así, que se popularizaran sus restantes metrajes y el star system del momento se pusiera a sus órdenes. Aunque Claudette Colbert ya formaba parte de sus trabajos, a ella se sumaron estrellas como Katharine Hepburn, Ginger Rogers o Gene Kelly para encumbrar aún más una extensa filmografía que se detendría con “Vivir a lo Grande (La Gran Vida)” en 1947, el último largometraje en el que figuraría como director, puesto que en “Venus era Mujer” (1948), de William A. Seiter, ni siquiera aparecería en los créditos.

“Al Servicio de las Damas” es considerada hoy como una de las obras maestras que conforman el patrimonio cinematográfico de Hollywood. Una elegante cinta en la que se evidencia la gran distancia que fluía entre las clases sociales de la época. Mientras el país hace frente a los devastadores efectos que ha causado la Gran Depresión de 1929, Irene Bullock (Carole Lombard), una alocada e infantil chica de la alta sociedad, participa en un trepidante concurso a modo de gymkana en el lujoso Hotel Waldorf Ritz junto a su adinerada familia y amigos. Las pruebas consisten en recoger toda clase desechos entre risas, conversaciones e importantes apuestas. En una de las búsquedas de Irene y su hermana Cornelia (Gail Patrick), encuentran a Godfrey (William Powell) en las orillas del East River, un culto e inteligente vagabundo que ha sufrido las consecuencias económicas de la época. Es perfecto para tal juego de caza, por lo que deciden invitarle al hotel y presentárselo a sus amigos. De esta forma, Godfrey consigue obtener un empleo como mayordomo en la impresionante mansión de la familia, en la quinta avenida de la cosmopolita ciudad de Nueva York. Allí, observará detenidamente la frivolidad hilarante de la clase pudiente, mientras trata de esconder por todos los medios un importante secreto.

martes, 11 de septiembre de 2018

LA PÉRDIDA DEL SENTIDO COMÚN (1999)


Hay cineastas que son mundialmente conocidos por una obra en concreto, a partir de la cual despega su carrera de forma extraordinaria. Sin embargo, en otros casos no existe un consenso claro desde un punto de vista geográfico, crítico, académico, etc. Un ejemplo de ello bien podría ser el director surcoreano Park Chan-Wook, quien logró alcanzar una gran popularidad entre sus conciudadanos con “Joint Security Area (J.S.A.)” (“Gongdong gyeongbi guyeok”, 2000), uno de los primeros blockbusters que surgirían al amparo de la nueva ola. Sin duda, a nivel nacional, se trató de un punto de partida, una “segunda parte” en su trayectoria profesional que esta vez sí le conduciría directamente al éxito. Por otro lado, desde la mirada occidental, somos más proclives a recordarle gracias a su “Trilogía de la Venganza”, especialmente “Oldboy (Oldeuboi”, 2003), convertida a día de hoy en toda una película de culto por varias generaciones que, en cambio, a su vez, entran en conflicto con los cinéfilos más jóvenes, familiarizados con la faceta más universal del realizador a través de “Stoker” (2013) o “La Doncella” (“Ah-ga-ssi”, 2016). 

Sea como fuere e independientemente de su magnífica carrera llena de arriesgados títulos con los que ha navegado entre géneros, desde el thriller, pasando por la comedia dramática, los toques de surrealismo, las historias de vampiros, el cine experimental o el drama de época; existe un Park Chan-Wook totalmente desconocido para la mayoría de nosotros. Tanto su ópera prima, “Moon Is the Sun's Dream” (“Daleun... haega kkuneun kkum”, 1992), como su segundo largometraje, “Threesome” (“Saminjo”, 1997), se esfumaron en manos de un cineasta muy poco satisfecho con sus inicios. Tal es así que en 1999 decidió empezar desde cero, marcando un distanciamiento con estas dos primeras películas a través de un cortometraje que, con el paso del tiempo, adquiere un enorme valor. 

martes, 4 de septiembre de 2018

UN EJERCICIO DE DECONSTRUCCIÓN (1926)


El artista francés Marcel Duchamp se convirtió en uno de los pilares fundamentales del movimiento dada. Con la adquisición de una máquina óptica, comenzó a interesarse por las artes cinematográficas, expandiendo, así, su talento y creatividad más allá del arte moderno y sucumbiendo, como no podría ser de otra manera, a las nuevas tecnologías que empezaban a estar al alcance de unos pocos a principios del siglo XX. Así es como dio vida a “Anémic Cinéma”, aunque nunca la firmó con su nombre, sino con su alter ego Rrose Sélavy. No fue su primer coqueteo con el séptimo arte, puesto que, con anterioridad, filmó a la baronesa von Freytag-Loringhoven y su depilación de pubis, a pesar de que tal metraje acabara estropeándose y sólo pudiese salvarse una pequeña parte de él; y también tuvo tiempo para formar parte de la filmación de “Entreacto”, una de las obras más célebres de su amigo, el cineasta francés René Clair, en donde participa activamente con una partida de ajedrez junto a su compañero artista Man Ray.

Tanto él, que puso a disposición su estudio, como el director de fotografía suizo Marc Allégret ayudaron a Duchamp con la producción de “Anémic Cinéma”, en donde vuelve a rezumar ese erotismo de sus inicios cinematográficos, pero, esta vez, desde un prisma algo diferente. La cinta combina diversos objetos, de los cuales, es destacable la inserción de Rotoreliefs. Una mágica palabra inventada que venía a referirse a los dibujos animados que aparecían en la obra y que se unen tanto a los juegos de palabras que surgen desde el mismo título como a los escenarios que supuran ese atisbo de sensualidad. La dualidad que transpira su alter ego también se traslada a sus imágenes, entre sonidos y frases, que nunca surgen de forma caprichosa, sino como parte del subconsciente del autor. Versos que proceden de diversas fuentes, como de Adon Lacroix, la esposa de Man Ray, y que suponen un elemento más del propio movimiento surrealista.

martes, 14 de agosto de 2018

EN EL CUARTO OSCURO DE LA MENTE (1976)


Independientemente de la perenne controversia que lleva consigo el célebre director y guionista francés Roman Polanski, lo cierto es que es indudable la fascinante filmografía que ha aportado a la historia del cine, compuesta por títulos que siempre permanecerán en nuestra memoria, como “La Semilla del Diablo” (1968) o “Lunas de Hiel” (1992), convertidas en películas de culto con el paso del tiempo. Sin embargo, su vida privada siempre ha ensombrecido su trabajo, ya sea por su reconocido escándalo por violación como por el asesinato de su mujer, la actriz y modelo estadounidense Sharon Tate, y su hijo nonato. Una trayectoria repleta de situaciones extrañas y trágicas, de claroscuros que, en cierta manera, acabó trasladando a su cine, aunque no de forma explícita. Su mirada hacia el exterior se transformó en dramas, comedias satíricas, thrillers que juegan con los sinsabores del terror, erotismo literario, recuerdos históricos o, incluso, aventuras inesperadas. A día de hoy, podría decirse que el cineasta ya se ha enfrentado a todo aquello que siempre ha querido hacer a nivel cinematográfico.

Sea cual sea el género que trate, el universo que construye siempre es diferente a los demás. Prueba de ello es una de sus obras maestras, “El Quimérico Inquilino”, un thriller psicológico basado en la novela “Le Locataire Chimérique”, del escritor y también cineasta francés Roland Topor, que acabó siendo una cinta de culto, a pesar de la frialdad con la que fue recibida por la crítica del momento. Con esta historia participó en el Festival de Cannes de 1976 y obtuvo una nominación a los Premios César un año después, aunque tristemente no obtuvo mayor reconocimiento. Curiosamente, es todo un placer ver cómo el propio Polanski se pone en la piel del protagonista, aunque ésta no es la primera vez que juega a ser un actor más en sus metrajes. Trelkovsky (Roman Polanski) es un hombre tranquilo que acaba de alquilar un apartamento para él sólo en París. Nada más entrar a vivir, la conserje (Shelley Winters) le informa de que la anterior inquilina trató de suicidarse tirándose por la ventana del piso y que, mientras está hospitalizada, sus pertenencias siguen en el interior. Trelkovsky poco a poco le da más importancia a los hechos. Observa sus objetos personales, entrando cada vez más en una espiral que le consume hasta la locura. 

martes, 7 de agosto de 2018

10 CLÁSICOS INDISPENSABLES DEL CINE ESPAÑOL


La historia del cine español está compuesta por un gran número de títulos inolvidables. Cintas que, por mucho que pasen los años, siguen siendo recordadas con el cariño que se merece cualquier obra maestra que se precie. La lista podría ser interminable con la riqueza de este cine clásico, pilar fundamental del que disfrutamos hoy en día y que, por supuesto, engrandece una cinematografía que sigue reinventándose y adaptándose a los nuevos tiempos. Creadores de una marca nacional con la popular “españolada”, surgida de aquella comedia costumbrista y que arrastramos después de tanto tiempo, lo cierto es que seguimos redescubriendo un cine clásico español de gran valor, aunque, por desgracia, una gran parte de él se perdiera durante la Guerra Civil.



1. “EL MISTERIO DE LA PUERTA DEL SOL”, de Francisco Elías (1930)

No es sencillo disfrutar del cine español de las primeras décadas, puesto que, como ya hemos indicado, parte del material se perdió con la Guerra Civil. Sin embargo, el caso de “El Misterio de la Puerta del Sol” es algo realmente relevante. Estamos ante la primera película sonora española y, tan sólo por este hecho, merece la pena su visionado, aunque lo cierto es que su estreno en la época fue todo un fracaso por falta de medios. El productor y director catalán Francisco Elías comenzó su andadura laboral bajo la protección de un Paris puntero a nivel cinematográfico. Aprovechando tales conocimientos, no tardó en crear su primer largometraje, “Los Oficios de Rafael Arcos” (1914) y unas cuantas piezas más de cine mudo de incalculable valor. En este caso, la historia, curiosamente a cargo del empresario Feliciano M. Vitóres, nos presenta a Pompeyo Pimpollo (Juan de Orduña) y Rodolfo Bambolino (Antonio Barber), dos jóvenes linotipistas empleados por el periódico El Heraldo de Madrid. Su sueño siempre ha sido convertirse en grandes estrellas del cine, así que, en cuanto se enteran de que el cineasta norteamericano Edward S. Carawa (Jack Castello) está haciendo pruebas para su próxima película, no dudan ni un momento en presentarse al casting. Sin embargo, nada sale como ellos creían, por lo que, desesperados por participar en su filme a toda costa, deciden planificar un falso asesinato que se complica demasiado. Un drama con toques de humor absurdo que obviamente resulta de gran simpleza narrativa, pero que, en cambio, y siempre desde nuestra propia perspectiva, nos atrapa en los años 30 de una capital en plena ebullición entre fragmentos mudos y otros sonoros. Un archivo histórico digno de admirar que pudo rescatarse, por suerte, en 1995 y que supuso todo un experimento cinematográfico para comprender las grandes posibilidades que podía ofrecer el sonido.