Durante los primeros años de vida del cine, se produjo una
curiosa fascinación por el movimiento que proporcionaba el atípico traje con
el que danzaban las bailarinas de la popular Danza Serpentina. La tela de un
enorme vestido prácticamente al vuelo a manos de una joven belleza encandiló a
la sociedad estadounidense y europea durante la última década del siglo XIX.
Precisamente en ello tuvo mucho que ver una mujer, una pionera de esta danza
moderna. La bailarina y coreógrafa de burlesque y vodevil Loie Fuller terminó
por convertirse en actriz, en modelo de cartelería, en musa para artistas
franceses, pero, sobre todo, en un referente de los orígenes del séptimo arte.
Sin embargo, lo que en un principio surgió para experimentar
con la iluminación sobre el escenario del teatro, logrando la fascinación de
los asistentes por los diversos focos de luz y las extrañas peripecias
cegadoras y formas impensables que emitía una simple tela de gasa; se
transformó en un auténtico juego de colores que pasó por las manos de los más
importantes cineastas de estos comienzos de la historia del cine.
Efectivamente, el invento de Fuller proporcionaba un ensayo cinematográfico sin
igual y hasta entonces nunca visto, un ejercicio que fundía los efectos de luz,
el trepidante movimiento y las transiciones de colores, casi como si de una
carrera o competición entre ellos se tratase.
Hasta la fecha, conocemos que el primero de ellos fue
“Annabelle Serpentine Dance” (1894), de los directores estadounidenses William
K.L. Dickson y William Heise para los Estudios Edison, en donde la bailarina de
Broadway Annabelle Whitford se encargaba de dar vida al vestido. A esta pieza
le siguieron otras como “Die Serpentintänzerin” (1895), del cineasta alemán Max
Skladanowsky, pero no fue hasta el trabajo de los hermanos Auguste y Louis
Lumière, “Danse Serpentine” (1986), cuando se incorporó el color a sus
imágenes. Pintado a mano, el metraje parecía estar vivo por primera vez gracias
a la transición de muy variados colores, que, aunque no parecían tomar la
intensidad debida, al menos proporcionaban mayores dosis de realidad que sus antecesoras. James
H. White también haría su propia aportación para los
Estudios Edison con “Serpentine Dance, Annabelle” (1897) y William K.L. Dickson volvería a probar suerte con “Crissie Sheridan”
(1897). Por supuesto, a ellos se suma otra pionera, la
cineasta francesa Alice Guy con “Danse Serpentine par Mme. Bob Walter” (1899),
“Danse Serpentine” (1900) y “Serpentine Dance by Lina Esbrard” (1902).
Diferentes bailarinas y objetivos que recogió su cámara para innovar localmente
a partir de una danza que ha suscitado tanta fascinación.
Pero si hay un metraje que destaca por encima de todos ellos
es la creación del inventor y realizador francés George Demeny para Gaumont,
productora con la que había firmado tan solo dos años antes. “Serpentine Dance:
Loie Fuller” es la única imagen en movimiento en la que la propia Fuller surge
llena de vida, danzando con un murciélago y con un vestido de gasa cuyas
transiciones entre colores son realizadas con gran cuidado, con degradados que
fusionan tonalidades cálidas y frías entremezcladas sobre el mismo lienzo. Precisamente
por esta cualidad, por su fijación por los pequeños detalles, Demeny es hoy
recordado dentro de la extensa historia del cine.
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