Hay cineastas que son mundialmente conocidos por una obra en
concreto, a partir de la cual despega su carrera de forma extraordinaria. Sin
embargo, en otros casos no existe un consenso claro desde un punto de vista
geográfico, crítico, académico, etc. Un ejemplo de ello bien podría ser el
director surcoreano Park Chan-Wook, quien logró alcanzar una gran popularidad
entre sus conciudadanos con “Joint Security Area (J.S.A.)” (“Gongdong gyeongbi
guyeok”, 2000), uno de los primeros blockbusters que surgirían al amparo de la
nueva ola. Sin duda, a nivel nacional, se trató de un punto de partida, una “segunda parte” en su trayectoria profesional que esta vez sí le conduciría directamente al éxito. Por otro lado, desde la mirada occidental, somos más proclives a recordarle
gracias a su “Trilogía de la Venganza”, especialmente “Oldboy (“Oldeuboi”,
2003), convertida a día de hoy en toda una película de culto por varias
generaciones que, en cambio, a su vez, entran en conflicto con los cinéfilos más jóvenes,
familiarizados con la faceta más universal del realizador a través de “Stoker”
(2013) o “La Doncella” (“Ah-ga-ssi”, 2016).
Sea como fuere e independientemente de su magnífica
carrera llena de arriesgados títulos con los que ha navegado entre géneros,
desde el thriller, pasando por la comedia dramática, los toques de surrealismo,
las historias de vampiros, el cine experimental o el drama de época; existe un
Park Chan-Wook totalmente desconocido para la mayoría de nosotros. Tanto su
ópera prima, “Moon Is the Sun's Dream” (“Daleun... haega kkuneun kkum”, 1992),
como su segundo largometraje, “Threesome” (“Saminjo”, 1997), se esfumaron en
manos de un cineasta muy poco satisfecho con sus inicios. Tal es así que en
1999 decidió empezar desde cero, marcando un distanciamiento con estas dos primeras películas a
través de un cortometraje que, con el paso del tiempo, adquiere un enorme
valor.

