Su primera pieza, “Soul of the Cypress” (1921), venía inspirada por
el mito de Orfeo, demostrando los primeros pasos del talento creativo y
artístico que poseía. Sin embargo, antes de adentrarse en las vanguardias
europeas que tanto estaban de moda durante la época y de estrechar lazos y ser
influido por los importantes artistas del dadaísmo como Léger o Man Ray, Murphy
experimentó con el montaje a través de “Danse Macabre”, su quinto trabajo, una
obra inusual que navega entre los géneros de terror, fantástico y,
curiosamente, musical. Aunque estemos ante un metraje mudo, la composición
original, que pertenecía al director de orquesta parisino Camille Saint-Saens,
es, sin duda, indispensable. Sin ella, la obra perdería todo su significado.
martes, 23 de octubre de 2018
AMOR, JUVENTUD Y MUERTE (1922)
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martes, 9 de octubre de 2018
UN HOMENAJE AL CELULOIDE (1985)
Pocas veces es tan divertido que una proyección deje de funcionar
correctamente como sucede en “Una Película Estropeada” (“Onboro Filmu” /
“Broken Down Film”). El director y guionista japonés Osamu Tezuka era
considerado el “Dios del Manga” y precisamente esta pieza es una más de sus
tantas obras que demuestran el precoz talento que poseía para la animación. En
esta ocasión, el autor realiza un claro homenaje a las primeras etapas del
séptimo arte. Un cortometraje mudo, en blanco y negro (salvo unos pocos segundos de ensoñación, en donde regresa el color), con granulado y suciedad que,
además, se centra por completo en el género del western desde un punto de vista
paródico y paradójico cuanto menos, puesto que no deja de ser un escenario
occidental bajo la mano de un oriental, creando así una fusión de influencias
recíprocas.
Esta coproducción japonesa y canadiense fue presentada en la
primera edición del Festival Internacional de Hiroshima de 1985, alzándose con
el gran premio, y no es para menos. La simpatía que despierta no es
interrumpida por ese matiz experimental que posee. Al contrario, son los
extraños cortes, los reencuadres, interrumpciones y efectos creados por la proyección del
rollo los que aportan la diversión ante la loable pretensión de un vaquero por
rescatar a la típica damisela en apuros, que se encuentra atada a las vías del
tren. Nuestro héroe descubre que, a parte de tener que salvarla, también debe plantar cara al
bandido y sortear los obstáculos que crea la dichosa película estropeada con todos los curiosos recursos que tiene a mano.
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martes, 25 de septiembre de 2018
EL TRUCAJE COMO MEDIO (1901)
El director, productor, actor y guionista francés Ferdinand
Zecca logró convertirse en uno de los protagonistas de la etapa pre-clásica del
séptimo arte. Su visión del trucaje, que por aquellos entonces no sólo se había
puesto de moda en el cine, sino que también había logrado desbancar los aires
documentales de los hermanos Lumière, se distanciaba totalmente de lo que
predominaba en la época. Mientras que nombres populares como Georges Mèliés apostaban
por potenciar sus dotes de ilusionismo a través del cinematógrafo, Zecca
dedicaba sus esfuerzos a contar historias en las que aquella extraña magia que
podía provocar la desaparición de la gente en pantalla se ponía al servicio de
la narrativa.
Además de ello, el cineasta formaba parte del imperio creado
por Charles Pathé en colaboración con sus hermanos, la Pathé Frères, dedicada
exclusivamente al cine y los discos fonográficos y que el propio fundador
levantó desde cero. La obra “El Melómano Mudo” (1899) le valió muy
merecidamente formar parte de la empresa, llegando a ser, incluso, su principal
cineasta a principios del siglo XX. Sin embargo, “Historia de un Crimen” es, precisamente,
el claro ejemplo de su pensamiento. Una pieza de 110 metros y seis cuadros que
fue un rotundo éxito y que el propio Pathé acabaría otorgándole la cualidad de
ser el primer drama de la historia del cine, mientras que, con el paso de los
años, se especificó que, en realidad, era la primera obra del género policíaco.
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martes, 18 de septiembre de 2018
LA FRIVOLIDAD ARISTOCRÁTICA (1936)
Dos son las películas que terminaron de encumbrar la carrera
de un animador que decidió experimentar con la dirección de cine desde la
primera década del siglo XX, pero que, en cambio, no recibió el merecido
reconocimiento por sus compañeros de profesión. El mítico cineasta Gregory La
Cava grabó su nombre en la historia del séptimo arte gracias a las nominaciones
a los Óscar que obtuvieron sus obras “Al Servicio de las Damas” (1936) y “Damas del Teatro”
(1937), permitiendo, así, que se popularizaran sus restantes metrajes y el star
system del momento se pusiera a sus órdenes. Aunque Claudette Colbert ya
formaba parte de sus trabajos, a ella se sumaron estrellas como Katharine
Hepburn, Ginger Rogers o Gene Kelly para encumbrar aún más una extensa filmografía
que se detendría con “Vivir a lo Grande (La Gran Vida)” en 1947, el último
largometraje en el que figuraría como director, puesto que en “Venus era Mujer”
(1948), de William A. Seiter, ni siquiera aparecería en los créditos.
“Al Servicio de las Damas” es considerada hoy como una de
las obras maestras que conforman el patrimonio cinematográfico de Hollywood.
Una elegante cinta en la que se evidencia la gran distancia que fluía entre las
clases sociales de la época. Mientras el país hace frente a los devastadores
efectos que ha causado la Gran Depresión de 1929, Irene Bullock (Carole
Lombard), una alocada e infantil chica de la alta sociedad, participa en un
trepidante concurso a modo de gymkana en el lujoso Hotel Waldorf Ritz junto a
su adinerada familia y amigos. Las pruebas consisten en recoger toda clase
desechos entre risas, conversaciones e importantes apuestas. En una de las
búsquedas de Irene y su hermana Cornelia (Gail Patrick), encuentran a Godfrey
(William Powell) en las orillas del East River, un culto e inteligente
vagabundo que ha sufrido las consecuencias económicas de la época. Es perfecto
para tal juego de caza, por lo que deciden invitarle al hotel y presentárselo a
sus amigos. De esta forma, Godfrey consigue obtener un empleo como mayordomo en
la impresionante mansión de la familia, en la quinta avenida de la cosmopolita
ciudad de Nueva York. Allí, observará detenidamente la frivolidad hilarante
de la clase pudiente, mientras trata de esconder por todos los medios un importante
secreto.
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martes, 11 de septiembre de 2018
LA PÉRDIDA DEL SENTIDO COMÚN (1999)
Hay cineastas que son mundialmente conocidos por una obra en
concreto, a partir de la cual despega su carrera de forma extraordinaria. Sin
embargo, en otros casos no existe un consenso claro desde un punto de vista
geográfico, crítico, académico, etc. Un ejemplo de ello bien podría ser el
director surcoreano Park Chan-Wook, quien logró alcanzar una gran popularidad
entre sus conciudadanos con “Joint Security Area (J.S.A.)” (“Gongdong gyeongbi
guyeok”, 2000), uno de los primeros blockbusters que surgirían al amparo de la
nueva ola. Sin duda, a nivel nacional, se trató de un punto de partida, una “segunda parte” en su trayectoria profesional que esta vez sí le conduciría directamente al éxito. Por otro lado, desde la mirada occidental, somos más proclives a recordarle
gracias a su “Trilogía de la Venganza”, especialmente “Oldboy (“Oldeuboi”,
2003), convertida a día de hoy en toda una película de culto por varias
generaciones que, en cambio, a su vez, entran en conflicto con los cinéfilos más jóvenes,
familiarizados con la faceta más universal del realizador a través de “Stoker”
(2013) o “La Doncella” (“Ah-ga-ssi”, 2016).
Sea como fuere e independientemente de su magnífica
carrera llena de arriesgados títulos con los que ha navegado entre géneros,
desde el thriller, pasando por la comedia dramática, los toques de surrealismo,
las historias de vampiros, el cine experimental o el drama de época; existe un
Park Chan-Wook totalmente desconocido para la mayoría de nosotros. Tanto su
ópera prima, “Moon Is the Sun's Dream” (“Daleun... haega kkuneun kkum”, 1992),
como su segundo largometraje, “Threesome” (“Saminjo”, 1997), se esfumaron en
manos de un cineasta muy poco satisfecho con sus inicios. Tal es así que en
1999 decidió empezar desde cero, marcando un distanciamiento con estas dos primeras películas a
través de un cortometraje que, con el paso del tiempo, adquiere un enorme
valor.
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martes, 4 de septiembre de 2018
UN EJERCICIO DE DECONSTRUCCIÓN (1926)
El artista francés Marcel Duchamp se convirtió en uno de los
pilares fundamentales del movimiento dada. Con la adquisición de una máquina
óptica, comenzó a interesarse por las artes cinematográficas, expandiendo, así,
su talento y creatividad más allá del arte moderno y sucumbiendo, como no
podría ser de otra manera, a las nuevas tecnologías que empezaban a estar al
alcance de unos pocos a principios del siglo XX. Así es como dio vida a “Anémic
Cinéma”, aunque nunca la firmó con su nombre, sino con su alter ego Rrose
Sélavy. No fue su primer coqueteo con el séptimo arte, puesto que, con
anterioridad, filmó a la baronesa von Freytag-Loringhoven y su depilación de
pubis, a pesar de que tal metraje acabara estropeándose y sólo pudiese salvarse
una pequeña parte de él; y también tuvo tiempo para formar parte de la
filmación de “Entreacto”, una de las obras más célebres de su amigo, el
cineasta francés René Clair, en donde participa activamente con una partida de
ajedrez junto a su compañero artista Man Ray.
Tanto él, que puso a disposición su estudio, como el
director de fotografía suizo Marc Allégret ayudaron a Duchamp con la producción
de “Anémic Cinéma”, en donde vuelve a rezumar ese erotismo de sus inicios
cinematográficos, pero, esta vez, desde un prisma algo diferente. La cinta combina
diversos objetos, de los cuales, es destacable la inserción de Rotoreliefs.
Una mágica palabra inventada que venía a referirse a los dibujos animados que
aparecían en la obra y que se unen tanto a los juegos de palabras que surgen
desde el mismo título como a los escenarios que supuran ese atisbo de
sensualidad. La dualidad que transpira su alter ego también se traslada a sus
imágenes, entre sonidos y frases, que nunca surgen de forma caprichosa, sino
como parte del subconsciente del autor. Versos que proceden de diversas
fuentes, como de Adon Lacroix, la esposa de Man Ray, y que suponen un elemento
más del propio movimiento surrealista.
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martes, 14 de agosto de 2018
EN EL CUARTO OSCURO DE LA MENTE (1976)
Independientemente de la perenne controversia que lleva consigo el célebre director y guionista francés Roman Polanski, lo cierto es que es
indudable la fascinante filmografía que ha aportado a la historia del cine, compuesta por
títulos que siempre permanecerán en nuestra memoria, como “La Semilla del
Diablo” (1968) o “Lunas de Hiel” (1992), convertidas en películas de culto con
el paso del tiempo. Sin embargo, su vida privada siempre ha ensombrecido su
trabajo, ya sea por su reconocido escándalo por violación como por el asesinato
de su mujer, la actriz y modelo estadounidense Sharon Tate, y su hijo nonato.
Una trayectoria repleta de situaciones extrañas y trágicas, de claroscuros que,
en cierta manera, acabó trasladando a su cine, aunque no de forma explícita. Su
mirada hacia el exterior se transformó en dramas, comedias satíricas, thrillers
que juegan con los sinsabores del terror, erotismo literario, recuerdos
históricos o, incluso, aventuras inesperadas. A día de hoy, podría decirse que
el cineasta ya se ha enfrentado a todo aquello que siempre ha querido hacer a
nivel cinematográfico.
Sea cual sea el género que trate, el universo que construye siempre
es diferente a los demás. Prueba de ello es una de sus obras maestras, “El
Quimérico Inquilino”, un thriller psicológico basado en la novela “Le Locataire
Chimérique”, del escritor y también cineasta francés Roland Topor, que acabó
siendo una cinta de culto, a pesar de la frialdad con la que fue recibida por la crítica del momento. Con esta historia participó en el Festival de Cannes
de 1976 y obtuvo una nominación a los Premios César un año después, aunque
tristemente no obtuvo mayor reconocimiento. Curiosamente, es todo un placer ver
cómo el propio Polanski se pone en la piel del protagonista, aunque ésta no es
la primera vez que juega a ser un actor más en sus metrajes. Trelkovsky (Roman
Polanski) es un hombre tranquilo que acaba de alquilar un apartamento para él
sólo en París. Nada más entrar a vivir, la conserje (Shelley Winters) le
informa de que la anterior inquilina trató de suicidarse tirándose por la
ventana del piso y que, mientras está hospitalizada, sus pertenencias siguen en
el interior. Trelkovsky poco a poco le da más importancia a los hechos. Observa
sus objetos personales, entrando cada vez más en una espiral que le consume
hasta la locura.
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