El mítico director y guionista japonés Kenji Mizoguchi fue
descubierto por occidente durante la década de los 50 junto a Akira Kurosawa y
Yasujirō Ozu. Cahiers du Cinema se hacía eco de nuevas figuras de lejanas industrias cinematográficas que, a nivel nacional, poseían unas carreras sobradamente consolidadas. Los
críticos se lanzaron de lleno a conocer las filmografías disponibles sin
comprender del todo unas narrativas que no poseían siquiera subtítulos, lo que
evidencia el lenguaje universal que estos tres autores de cine clásico
manejaban. Antes de que Mizoguchi comenzara tras las cámaras en 1923 con su
ópera prima, “El Día en que Vuelve el Amor”, fue diseñador de kimonos, aprendiz
de dibujante, estudiante de pintura, dibujante de anuncios publicitarios en el
periódico Matashin-Nippo, poeta, aficionado a la biwa, actor
como oyama, interpretando papeles femeninos cuando las mujeres no podían
trabajar como actrices; transcriptor de guiones para Osamu Wakayama y ayudante
de dirección en los Estudios Nikkatsu para Eizo Tanaka o Tadashi Ono.
En su primera etapa de director, llegó a rodar más de una
decena de películas en pleno proceso de aprendizaje y de búsqueda de su propio
estilo, que encontraría pocos años después, cuando a sus espaldas cargaba ya
con casi 50 películas rodadas. La vida personal del autor estuvo fuertemente
marcada por la gran presencia de las mujeres que le rodearon, un aspecto que trasladó a su cine y
que le valió el pase directo a la historia del séptimo arte mundial como un cineasta
feminista, aunque no fue la única cuestión que trataría en sus obras.
Curiosamente, las influencias que recibió de occidente a nivel artístico
forjarían también parte de una creatividad que, a su vez, terminaría salpicando
a otros autores asiáticos.



