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jueves, 20 de octubre de 2016

UN RECUERDO ENTRE EL OLVIDO (1998)



La muerte sigue siendo una de las mayores incógnitas a las que debe enfrentarse el ser humano. Independientemente de cómo sea plasmada a nivel científico o religioso, esta cuestión siempre ha estado presente en las artes y cada autor tiene su punto de vista a la eterna pregunta, ¿qué hay después de la muerte? El aclamado director y guionista japonés Hirokazu Kore-eda es uno de esos cineastas que son capaces de arriesgar y mirar más allá de lo que a simple vista se nos presenta. Considerado prácticamente un poeta cinematográfico, su inquietud por ver la esencia de sus personajes, el interior de su alma, le ha llevado a ser uno de los cineastas más indispensables no sólo del séptimo arte nipón, sino también del este asiático. Con un gusto exquisito a la hora de expresar la intimidad del hombre, aun en su vertiente más cruel, Kore-eda realizó una de las obras más indispensables en su filmografía, “After Life” (“Wandafuru Raifu”), a través de la cual lanza una simple pregunta al espectador: ¿qué único recuerdo de tu vida te llevarías al cielo?

En la cinta, se plantea la existencia del cielo, ese “más allá” que al que supuestamente nos desplazamos tras haber conocido la muerte, pero antes de disfrutar de esta estancia, todos deben pasar por una especie de “limbo” en el que cada alma es entrevistada por los guías durante tres días. El recién llegado debe reflexionar sobre su vida, examinar los instantes más importantes y escoger un único recuerdo que desee llevarse a su eterno descanso. Una vez tomada la decisión, estos guías se encargan de grabarlo en forma de una película para que el fallecido pueda revisionarla en todo momento. Las dudas, los fallos de memoria y la indecisión inundan la ardua tarea de tener que seleccionar un solo un capítulo de su estancia en la tierra.

lunes, 4 de abril de 2016

HERIDAS DEL PASADO (2015)

Cualquier obra del director y guionista japonés Hirokazu Kore-eda consigue quedarse en nuestras retinas de forma indefinida. Tal vez sea por la cercanía con la que relata la cotidianidad de una cultura que nos es lejana, pero que aún sigue asombrándonos; o bien por la pasmosa sencillez con la que construye historias que nos permiten reflexionar sobre nuestras propias vidas y experiencias. Todo ello le ha llevado a ser considerado el perfecto heredero del maestro Yasujirō Ozu y uno de los grandes poetas cinematográficos de nuestro tiempo. El cineasta continúa explorando en cuestiones como la soledad, el amor, los lazos familiares, la vida y la muerte como si se tratase de una tesis sobre lo más profundo del ser humano.

Indispensable en los festivales internacionales más importantes, Kore-eda se ha convertido en uno de los autores nipones más populares. Ya desde sus comienzos con “Maborosi” (1995) logró deslizarse en sus programaciones, alzándose inesperadamente con el León de Plata en el Festival de Venecia. Tan sólo fue el primer paso para ganarse unos fieles seguidores que, sin duda, quedaron atrapados en el curioso universo de “After Life” (“Wandafuru Raifu”, 1998). Desde entonces su carrera ha sido imparable y no es que posea un sinfín de títulos que resuman sus altibajos a nivel profesional, sino que, en su lugar, encontramos pocas cintas, pero todas ellas de una inmensa calidad.

Con los años, el director parece haber perdonado ciertas luchas internas para reconciliarse con su propia mente. “Nuestra Hermana Pequeña” (“Umimachi Diary”) supone cierta dulcificación en sus reflexiones con una historia sumamente agradable y cálida. La película, que recibió el Premio del Público en la 63ª edición del Festival de San Sebastián, se suma al resto de trabajos del director en cuanto al retrato de la familia que éste desarrolla en ellos. Resulta inevitable recordar el drama social “Nobody Knows” (“Dare Mo Shiranai”, 2004), cuyos jóvenes protagonistas forman parte de una familia totalmente desestructurada; o “Milagro” (“Kiseki”, 2011), en donde se mantiene esa jovialidad desde un punto de vista cómico y esperanzador. Kore-eda disfruta profundizando en los lazos parentales, en los cambios que llevan a la inestabilidad psicológica de una casa y en cómo se desenvuelven sus personajes ante un contratiempo de gran magnitud, tal y como ocurría en “De Tal Padre, Tal Hijo” (“Soshite Chichi Ni Naru”, 2013), en la que unos padres se enteraban de cómo su hijo había sido intercambiado al nacer por un error del hospital; o, principalmente, por causa de la muerte de algún familiar, como en el caso de “Still Waiting” (“Aruitemo, Aruitemo”, 2008). Una cuestión que ahora retoma, de nuevo, como excusa, no para el distanciamiento entre quienes se quieren, sino para unir a quienes no han establecido una relación aún, pero comparten un punto en común, como la presencia del mismo padre en sus vidas.

miércoles, 5 de agosto de 2015

LAZOS DE SANGRE ROTOS (2013)



Hace ya mucho tiempo que el afamado director japonés Hirokazu Kore-eda se ganó un meritorio hueco entre los cineastas asiáticos contemporáneos más importantes gracias no sólo a los éxitos que ha cosechado a lo largo de su carrera, sino también a la sensibilidad con la que trata ciertos temas que resultan peliagudos. En esta ocasión, su trabajo sigue profundizando en la cuestión de la familia, pero partiendo una premisa que nos hace reflexionar, incluso, antes de visualizar “De Tal Padre, Tal Hijo”. Dos niños fueron intercambiados al nacer por error del hospital y, tras 6 años de desconocimiento por parte de los padres, el centro les reúne para explicarles el fatídico incidente, proponiéndoles la posibilidad de cambiar el futuro de los críos o mantener la situación tal y como está.

El autor trata de ponernos en la piel de todos los personajes, de tal forma que, en todo momento, nos sentimos partícipes de su existencia, obligándonos a plantearnos qué haríamos nosotros ante tan delicada circunstancia. ¿Sería más correcto quedarnos con el pequeño que hemos estado criando como hijo durante todos estos años o es más legítimo recibir al nuevo miembro por ser sangre de tu sangre? El tema que, por desgracia, tiene un alcance universal y que en los últimos años ha sido bastante sonado en España, resulta más complejo bajo la mirada del tradicionalismo y las costumbres asiáticas. Los lazos de sangre condicionan su forma de vivir e, incluso, la sociedad nipona es capaz de determinar el tipo de personalidad que se tiene gracias al grupo sanguíneo al que pertenecemos. Por supuesto, Kore-eda se sirve de ello para realizar una suave crítica al condicionamiento que se establece a partir de unos valores que se han quedado obsoletos.