Parece
que, cuanto más se limita al ser humano, más ingenio y creatividad irradia.
Esto es lo que le ocurre al director iraní Jafar Panahi, autor de grandes obras
que muestran la realidad social de su país y que, en cambio, le han llevado a
ser censurado por el propio gobierno. Un duro golpe que ha sabido hacer frente
en todo momento, pese a los problemas que supone realizar una película de forma
clandestina y querer presentarla fuera de las fronteras. Así es cómo decidió
enviar el material bruto de “Taxi Teherán” a París para que, desde allí, se
realizara el montaje y la correspondiente distribución por los festivales más
importantes de Europa.
Ganadora
del Oso de Oro y el premio de la crítica en el Festival de
Berlín en 2015, la cinta aprovecha este falso documental para, en clave de humor,
mostrar las irregularidades y excesos de un régimen que dice seguir el camino
de la democracia. Por ello, el realizador se convierte en taxista para, a
través de un dispositivo situado en la guantera del coche que simula una especie de cámara de seguridad, grabar las
conversaciones entre sus clientes, intentando participar lo mínimo. Pura perspicacia para poder sacar adelante una nueva película con la que exponer la
situación real de Irán.
La
ciudad de Teherán desfila por las ventanillas del vehículo, mientras escuchamos
las opiniones de unos personajes anónimos que son un simple ejemplo de la sociedad. Un hombre que no duda en confesar que es
ladrón, pero que, en cambio y de forma contradictoria, prefiere reclamar la
pena de muerte para los que cometen ese tipo de delitos, mientras que una mujer
le rebate con el gran número de ejecuciones que se llevan a cabo en el país, un
vendedor de películas que reconoce perfectamente al director y protagoniza los
momentos más hilarantes o dos mujeres histéricas con una pecera a cuestas. Sin embargo,
quien nos llama la atención es la pequeña sobrina de Panahi, que le espera a la
salida del colegio bastante enfadada. El cineasta llega a tarde a recogerla y
ella no ha podido fardar de tío delante de sus compañeros. Su simpática
intervención, además, nos otorga un segundo punto de vista, puesto que, entre
sus manos, se encuentra un segundo dispositivo con el que juguetea, que servirá para ver lo que
ocurre en los últimos momentos del metraje en los que el autor toma un papel
más activo. Todos ellos son actores no profesionales, intérpretes con gran
encanto y espontaneidad que protagonizan una crítica sutil, clara, sencilla y amena,
y que no son incluidos en los créditos por su seguridad.
No
todas las conversaciones son de interés, generando algunos altibajos a lo largo
de los 82 minutos de duración. No obstante, “Taxi Teherán” respira
originalidad, frescura, con una exposición sumamente inteligente que encierra
al espectador en el interior de un coche durante toda la cinta, pero que,
aunque en apariencia sea claustrofóbico, apenas sentimos tal aislamiento gracias
a las estupendas dosis de humor.
Panahi
sabe cómo transmitir sus intenciones a través de un discurso simple en
referencia a las libertades coartadas, a la censura inculcada, incluso, en los
colegios. Un aparente aspecto de progreso que, en realidad, esconde el retraso
instigado por el poder, creando una atmósfera de opresión de la que, a simple
vista y en un principio, no nos percatamos. Es evidente que el director reclama
un cambio y que mantiene cierta esperanza por un futuro mejor, por dar la
oportunidad de un hogar próspero a las nuevas generaciones. Ese telón de
optimismo cada vez se hace más presente en el filme gracias a un juego de verdades y
actuaciones preparadas de antemano de las que nos vamos percatando conforme
avanza el largometraje. El cineasta tiene todo bien atado para que no merme en demasía
nuestra diversión y atención, aspectos que obviamente utiliza por ser claves para que comprendamos su
mensaje, el cual se evidencia con una última frase lapidaria antes de los
créditos en la que se recuerda el reconocimiento de los derechos humanos.
Es
un placer que, de vez en cuando, llegue hasta nosotros títulos de cine realista
como “Taxi Teherán”, una producción de obligado visionado que paradójicamente
no es una película al uso. Panahi logra saltar por encima de cualquier prohibición
para, de nuevo, rodar en las calles de Irán, las únicas capaces de revelar la
verdadera realidad de un país que, de cara al exterior, parece zambullirse en
las aguas del progreso.
Lo
mejor: su claro mensaje, la crítica social salpicada con dosis de humor y
simpatía. La pizpireta sobrina del autor logra conquistarnos.
Lo
peor: no todas las conversaciones despiertan el mismo interés.
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