Hace
ya mucho tiempo que el afamado director japonés Hirokazu Kore-eda se ganó un
meritorio hueco entre los cineastas asiáticos contemporáneos más importantes
gracias no sólo a los éxitos que ha cosechado a lo largo de su carrera, sino
también a la sensibilidad con la que trata ciertos temas que resultan
peliagudos. En esta ocasión, su trabajo sigue profundizando en la cuestión de la familia,
pero partiendo una premisa que nos hace reflexionar, incluso, antes de
visualizar “De Tal Padre, Tal Hijo”. Dos niños fueron intercambiados al
nacer por error del hospital y, tras 6 años de desconocimiento por parte de los
padres, el centro les reúne para explicarles el fatídico incidente,
proponiéndoles la posibilidad de cambiar el futuro de los críos o mantener la
situación tal y como está.
El
autor trata de ponernos en la piel de todos los personajes, de tal forma que,
en todo momento, nos sentimos partícipes de su existencia, obligándonos a
plantearnos qué haríamos nosotros ante tan delicada circunstancia. ¿Sería más
correcto quedarnos con el pequeño que hemos estado criando como hijo durante
todos estos años o es más legítimo recibir al nuevo miembro por ser sangre de
tu sangre? El tema que, por desgracia, tiene un alcance universal y que en los
últimos años ha sido bastante sonado en España, resulta más complejo bajo la
mirada del tradicionalismo y las costumbres asiáticas. Los lazos de sangre condicionan
su forma de vivir e, incluso, la sociedad nipona es capaz de determinar el tipo
de personalidad que se tiene gracias al grupo sanguíneo al que pertenecemos. Por
supuesto, Kore-eda
se sirve de ello para realizar una suave crítica al condicionamiento que se
establece a partir de unos valores que se han quedado obsoletos.