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lunes, 17 de julio de 2017

VIOLENCIA EN LA NOCHE (2016)



Primero fue “La Colorina” (2008), un documental biográfico sobre la poetisa Stella Díaz Varín, pero el director y guionista chileno Fernando Guzzoni no tardó en rendirse a los encantos de la ficción. Su primer largometraje, “Carne de Perro” (2012), entró directamente en el circuito de festivales internacionales como el de La Habana, en donde se alzó con el tercer premio Coral a la mejor ópera prima; o el de San Sebastián, en el que obtuvo el galardón como Nuevo Director. Cuatro años transcurrieron hasta presentar su segundo trabajo, “Jesús”, que repitió estancia en estos mismos certámenes, aunque no con tan buena suerte en lo que a reconocimiento se refiere. No obstante, y pese a ello, es imposible permanecer indiferente ante una historia que refleja lo más oscuro de las jóvenes generaciones de su país.

Basada en el trágico suceso acontecido en 2012, en el que un joven homosexual de 24 años fue asesinado a manos de un grupo de neonazis; la trama presenta a Jesús (Nicolás Durán), un adolescente que disfruta bailando música pop coreana con su grupo de amigos. El alcohol, las drogas, el sexo descontrolado y la propia violencia mostrada a través de los medios de comunicación hacen estragos en un chico incapaz de dominar la situación que le rodea. Con un padre, Héctor (Alejandro Goic), prácticamente ausente, Jesús se deja dominar por las noches de excesos, por las risas crueles, las peleas incomprensibles y, en definitiva, por una libertad mal jugada e interpretada hasta que tanto abuso provoca que se encuentre entre la espada y la pared con el único apoyo de su progenitor.

Cualquier tipo de moralidad queda olvidada en lo más oscuro y bajo llave ante una serie de desgracias encadenadas en las que ya no sirve el arrepentimiento. No existen los valores ni hay cabida a la esperanza en un contexto perdido en el que Jesús sólo puede ver cómo se derrumban los castillos de diversión que había construido. En un presente agonizante para el que no existe pasado ni futuro, la narración comienza un tanto débil, pero se mantiene a paso lento y erguido hasta alcanzar un clímax inesperado que transcurre en la lejanía, en pleno bosque y sobre una carretera solitaria. Jesús es un ejemplo más de esos jóvenes despreocupados con su entorno, con sus iguales, ajenos a la memoria histórica, a la desgarradora realidad y especialmente abandonados de sí mismos. La constante incomunicación entre padre e hijo, entre amigos, posibilita un contexto aún más depravado de lo esperado, pero el vacío es más poderoso y dominante en cada uno de los personajes.