La industria mauritana es una gran desconocida y qué mejor que visualizar “Timbuktu” para darse cuenta de la estupenda calidad que posee y el buen estado en el que se encuentra el sector. Precisamente, la cinta del director Abderrahmane Sissako, que obtuvo una nominación a Mejor Película de Habla No Inglesa en los Oscar de 2015, expone uno de los temas de mayor actualidad: el yihadismo. Actos de radicalismo que oprimen a los pueblos y que nutren el día a día de nuestros medios de comunicación.
Basada en hechos reales, el autor nos conduce hasta la República de Mali, en el momento en el que la población tuareg quedó sometida bajo el yugo de los extremistas islámicos, que cada día instauraban leyes más estrictas para encumbrar su tiranía. Las mujeres fueron despojadas de toda clase de derechos, mientras eran prohibidas actividades como escuchar música, jugar al fútbol o simplemente reír en público. Un ejemplo más de la crueldad de quienes intentan justificar sus depravados actos con la excusa de unos ideales religiosos y políticos.
Pese a que estamos ante un guion con historias cruzadas, la narración se centra principalmente en el personaje de Kidane (Ibrahim Ahmed), su esposa Satima (Toulou Kiki) y la hija, Toya (Layla Mohamed). A ellos se une Issan (Mehdi A.G. Mohamed), un niño de 12 años al que tratan como a un miembro más de la familia. A través de los ojos de Kidane presenciamos del cambio al que debe someterse el pueblo.
El toque documental que aporta Sissako le confiere aún más dramatismo ante una arriesgada trama que trabaja delicadamente junto a la guionista Kessen Tall. “Timbuktu” es clara, sencilla, concisa, mira de frente al público, a los juzgadores y juzgados. No encontramos intenciones ocultas ni pretensiones sensacionalistas, sino que el autor prefiere profundizar el conflicto desde dentro, desde la propia vivencia, la visión de los sufridos testigos que presencian ese choque entre los diferentes enfoques del Islam y la confrontación cultural entre la población y sus invasores.
