El director, productor y guionista estadounidense Joseph L.
Mankiewicz nos ha permitido disfrutar de grandes clásicos que han sido
inscritos en la historia del cine como obras indispensables. “Eva al Desnudo”
(1950) nos posibilitaba inmiscuirnos entre bastidores, con una Bette Davis
cautivadora viéndose ensombrecida por el personaje de la imponente Anne Baxter. Tan solo un
año después, Cary Grant ejercía de médico recién casado al ponerse en las manos de Mankiewicz para concebir la
comedia dramática “Murmullos en la Ciudad” (1951). Con “Julio César” (1953) el cineasta se
unía a la tendencia de una época que nos presentó los grandes blockbusters
épicos. Nuevamente, en esta ocasión, Marlon Brando tiñó nuestras retinas de una
más de sus muchas inolvidables actuaciones. Inmediatamente después, el autor volvió a contar
con él en “Ellos y Ellas” (1955), una comedia musical en la que Brando
formaría parte de un elenco brillante compuesto por Frank Sinatra, Jean Simmons
o Vivian Blaine, entre otros rostros populares del cine de los que siempre se
rodeaba Mankiewicz. De hecho, recordemos a la imponente Elizabeth Taylor en “Cleopatra”
(1963), la producción que tantos quebraderos de cabeza le provocarían a Mankiewicz hasta afectar directamente a su salud. El alto caché de la actriz, los
constantes cambios con el material filmado y los infortunios que surgieron a lo
largo del rodaje provocaron que su mayor pesadilla se dilatara durante dos extensos
años. Precisamente, con ella ya había trabajó en “De repente, el Último Verano”
(1959), una cinta prácticamente olvidada que resultaría necesario rescatar por
su valor actual.
Por su parte, Kirk Douglas también se puso en manos del director, protagonizando el drama “Carta a Tres Esposas” (1949), con el que
obtendría el reconocimiento de la Academia por primera vez. Casi dos décadas
después, Douglas volvería a colaborar con él en “El Día de los Tramposos”
(1970), un western en el que también participaría Henry Fonda. Por supuesto,
esta revisión de su filmografía no podría estar completa sin una de sus obras
cumbre, “La Huella” (1972), un drama psicológico cargado de suspense y sátira,
en el que Laurence Olivier y Michael Caine comparten magníficos diálogos que
quedarán para la posteridad. Todo un broche de genialidad que terminó siendo su último trabajo en una carrera que
comenzaría en los estudios de la Paramount gracias a su hermano Herman y que
brilló con luz propia durante varias décadas.
