La directora francesa Agnès Varda nos dejaba en un año de
máxima reivindicación feminista. Una mujer que siempre ha permanecido a la
sombra de importantes cineastas de la Nouvelle Vague, como Jean-Luc Godard,
François Truffaut o Claude Chabrol, entre otros. A pesar de su reconocimiento
nacional, es cierto que la historia del cine mundial obvió por completo su
papel dentro de este movimiento, tan crucial como otros autores que ayudaron a
romper con el clasicismo cinematográfico. Sin embargo, el presente parece tener
intenciones de otorgarle el lugar que se merece, aunque hayan transcurrido
demasiadas décadas para lograrlo. Toda una pionera desde sus inicios con la ópera prima
“La Pointe-Courte” (1955), una película compuesta por dos episodios que mostraban la
cotidianidad desde diversos ángulos y que ya dejaba entrever la sofisticación
por la que más tarde destacó su autoría.
No sería hasta 1962 cuando Varda suscitó un gran interés con
la que es considerada a día de hoy su obra maestra, “Cléo de 5 a 7”. Tras
varios cortometrajes de corte documental, la directora regresaba al mundo de la
ficción con una narración escrita por ella misma, que fue recompensada con una
nominación en el Festival de Cannes de ese mismo año y un premio a mejor película por el
Sindicato de Críticos de Cine de Francia. Estamos ante un poético relato de una
joven cantante en plena crisis. Cléo (Corinne Marchand) se encuentra a la
espera de recibir los resultados de una prueba médica, pero, en su
desesperación, visita a una adivina para que le anticipe la noticia. Según
ésta, el final de Cléo es terrible, puesto que tiene cáncer. La inquietud de la
protagonista por saber su realidad se incrementa con el paso de las horas. Su
ayudante, Angèle (Dominique Davray), sus amigos y compañeros de trabajo e,
incluso, su amante (José Luis de Vilallonga) no son capaces de consolarla, por
lo que Cléo, agobiada por la situación, decide marcharse en soledad, momento en
el que, por casualidad, conoce a Antoine (Antoine Bourseiller), un joven
soldado que debe marcharse al terminar el día, pero que, eclipsado totalmente
por ella, decide acompañarla en tan terrible espera.
